La cueva de El Mazo

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De un tiempo a esta parte, yo que tanto me esforzaba en que sucediera lo que planeaba, he empezado a coger el gusto a lo inesperado.

Esta pequeña reflexión viene a cuento porque el día de Jueves Santo, una concatenación de hechos dieron al traste con el programa del día, y acabamos dando un placentero paseo desde Panes a El Mazo, ese pueblo en el que todavía ocasionalmente utilizan el varbéu, la jerga que crearon los cesteros, profesión que antiguamente ejercieron los habitantes de ese lugar de Peñamellera Baja.

Al pasar muy cerca de La Loja, la Cueva con arte rupestre del final de la etapa del Magdaleniense, reparamos en que estaba abierta al público, así que sin perder un segundo nos apuntamos a una visita.

Podríamos decir que entramos con buen pie, ya que nada más llegar nos recibió un guía con ganas de agradar y que enseguida nos contagió la ilusión por lo que esta pequeña Cueva, una galería estrecha de apenas 100 metros, tiene que enseñar.

Acompañados solamente de otra pareja, Oscar, que así se llama el guía, contó que accederíamos por la puerta original y que la Cueva, al estar muy bien orientada, mantenía una temperatura estable.

Una vez dentro, muy cerca de la entrada, en un zona de penumbra, nos mostró restos difuminados de color rojo con bandas trasversales, comentándonos que habían sido identificados como signos. Hicimos conjeturas de que quizá fueran un aviso para extraños de que aquel lugar tenía dueño, una suerte de escudo de armas.

Después, distinguimos una figura borrosa de la imagen de un bisonte, pintado aprovechando el relieve natural de la roca.

Continuamos adentrándonos y llegamos al panel principal de la Cueva, que se ubica a tres metros de altura sobre la repisa de una estalagmita con forma de pirámide. Mientras teníamos los ojos y la emoción fijos en “La Torada”, nombre por el que se conoce a esta joya que atesora La Loja, Oscar, a golpe de linterna, consiguió que sobre un fondo oscuro, que luego sabríamos que era dióxido de manganeso, reconociéramos seis figuras grabadas que representan a cinco bóvidos seguidos de un caballo.

Me dio la sensación, supongo que por estar los animales dispuestos en una misma dirección, de que pretendían narrar alguna historia. Asimismo, al utilizar esa técnica tan singular, grabar sobre negro, tal parece que pintaron con tiza en una pizarra.

Antes de volver sobre nuestros pasos, otro golpe de linterna nos dejó ver los colores de las paredes, en los que llama la atención el dorado, debido a que la Cueva tiene pirita que al iluminarla produce las tonalidades del oro, y además desprende partículas minúsculas que se pegan a la ropa como si fuera purpurina.

Acabada la entretenida e ilustrativa visita, al mirar el Valle desde el umbral de la Cueva, con el imponente Pico Peñamellera en el horizonte, pensé que aquellos hombres de hace 12.000 años habrían disfrutado de la misma vista que yo, aunque ellos seguramente llevarían encima más “purpurina”.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

6 Comentarios

  1. Fernando, tu amigo Valentín no cabe en sí. Està como un petirrojo en invierno, con el plumón hinchado. Gracias y un abrazo.

  2. Bueno Perela, tu sigue escribiendo en “el Cuadernín” y contándonos todas esas “guapuras”, y que a mi me están obligando a comprar otra libretina para seguir apuntando todos esos sitios a los que tenemos que ir en cuanto aparezca por la Villa
    Tu escribes bien (ya me lo decía mi Teresina cuando era chicu), pero el que me asombra es Valentín, que con una sola foto nos hace ver de una tacada todo lo que quieres decir. Felicidades chaval, y ten cuidado con las espimas. Con todo cariño, un abrazo para ambos dos.

  3. Eladio, entrañable e histórica fotografía. Me resulta familiar, quizá se publicó en la Foto y su Historia. Gracias.

  4. Eladio, no me abrumas en absoluto, al revés me das ánimos. Además, valoro mucho tu opinión. Un beso.

  5. Temo abrumarte con mis loas Maiche, pero me encanta lo que nos regalas y sobre todo cómo lo haces.
    Un abrazo de oso.

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