Estampas del pasado (III)

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Ídolos con pies de barro

Mi padre había sido un indiano de los de “la maleta al agua”, como se solía decir de los que a su regreso de América volvían sin fortuna.

Sentados en el llar, me solía contar sus correrías por casi toda la República Mexicana, desde

Yucatán hasta Sonora, desde la Baja California hasta Tamaulipas.

Me fascinaba con las historias que le atribuía a Pancho Villa. El general revolucionario, cuyo verdadero nombre era Doroteo Arango, que se había hecho célebre en Chihuahua y la serranía de Durango, consiguiendo que sus fuerzas le obedecieran ciegamente. Un personaje que encajaría difícilmente en el siglo XXI e incluso en su época, a principios del XX en según qué latitudes.

-¡Todos a mamar! -, ordenaba a un escuadrón de cien hombres famélicos y astrosos que vagando por la Sierra de Tarahumara se habían topado con un rebaño de ovejas.

Al cabo todos se relamían, a excepción de uno que por haberle tocado el carnero escupía contrariado.

-¿Y cómo no lo avisó manito?

– Por puritita obediencia padrecito. Usted nos ordenó mamar a todos. Y la disciplina es la disciplina, mi general.

Él llegó a conocerlo, decía, en una aventura con un tren como escenario en la inmensidad de la llanura del estado de Chihuahua, tan similar a las tantas veces recreadas en los western yanquis, que no vale la pena recordar. Esto acontecía cuando ya el mítico Villa estaba “oficialmente” retirado de sus belicosidades y dedicado a la agricultura, y poco antes de que el “padrecito ” fuera asesinado en Parral en el año 1923 al iniciarse el mandato presidencial de su enemigo político el General Obregón.

Después de siete años de vida errante, una noche se le ocurrió intentar atravesar a nado el caudaloso Río Bravo aguas abajo de Ciudad Juárez. A punto de ahogarse alcanzó en la otra orilla Ciudad del Paso, en Texas.

Eran tiempos de recesión económica en los U.S.A; los del ” krach ” del año 1929.

Deambuló tres años por el enorme estado de Texas debatiéndose entre la necesidad de aprender el inglés de oído, o en la de intentar ganar suficiente para costearse el billete de regreso. – (Tomorrow morning, la frase con la que le respondieron en una panadería a la que había ido a solicitar trabajo, la interpretó algo así como: “Tu moro, monín”, lo que le hizo suponer que aquel gringo era bastante maleducado y, no encontró otra respuesta más adecuada que… “ y usted un hijo de la chingada” …)

-¿ Tú sabes hijo?, – me decía quedándole aún cierto acento charro – Fuimos miles y miles los que pasamos el charco huyendo de las levas que el Gobierno hacía con el propósito de enviarnos a calcinar nuestros huesos en las montañas del Rif marroquí en las guerras contra Abd – el – Krim .

– Más tarde, demasiado tarde averiguamos que se trataba de una elección entre la peste y el cólera.

– Regresamos pocos. Algunos luciendo sus cinturones de monedas de plata remachada como único capital, contando fantasías doradas, con la erudición ensayada en la cubierta de la nave mientras miraban ensimismados y tristes las olas del “charco” que con tanta ilusión habían atravesado a la ida. Se les notaba palmariamente que les venía muy “guango ” – ancho- aquel traje imajinario.

– Algunos, los menos, hicieron fortunas inmensas con métodos y maneras similares a los empleados en los imperios conquistados sin escrúpulos en la barbarie medieval. Tragando a cambio los sapos y las culebras con que los indígenas los catalogaban.

– Lo más común era oirles decir gachupín como mínima ofensa, o hijos de la Malinche, el peor insulto ( hijos de puta traidora) comparando a las esposas, amantes o novias indígenas que “el amo” tuviera con la princesa tlaxcalteca amante de Cortés,

-Otros retornaron como yo, sin fantasías ni cinturones de plata. Pero la gran mayoría, los demás, ni regresaron ni lo harán jamás. Salieron de acá siendo pendejos, y por falta de dinero para adquirir el billete de retorno, continuarán allá perfeccionando las pendejadas entre mugre, miseria y calamidades.

  • Qué poco se habla y escribe de los miles de “indianos” de la miseria. Qué pocos homenajes reciben las madres desgarradas por la angustia viendo partir a sus hijos con catorce años para nunca volverlos a ver. Nunca se habla de tanto sudor y tanta lágrima. Se habla y escribe de la media docena de triunfadores sin hacerse preguntas sobre cómo se adquirieron algunas fortunas. Se les conceden incluso títulos nobiliarios por el rey o reina del momento…
  • Se les sigue rindiendo culto un siglo y medio después, pero un día llegará que veamos que “nuestros ídolos” tienen los pies de barro.

Quizás mi padre hablara así por despecho. Pero era muy cierto que menudeaban aquellos tipos pintorescos. Aunque naturalmente, hubiera excepciones.

A su vuelta a España, se casó y se afilió a La Falange. Nunca me explicó el porqué. Quizás ni él mismo lo sabía. Unos años atrás durante su estancia en Texas había sido simpatizante de los militantes anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti; los dos inmigrantes italianos en U. S.A. que al no poder ser acusados de cometer delito por el hecho de pertenecer a una organización sindical , los culparon de pertenecer a la mafia para poder quitárselos de encima, ajusticiándolos con la pena de muerte el 23 de agosto de 1927.

Aquello concitó una gran repulsa internacional. Y protestas de numerosos y destacados intelectuales influyeron sobre el pensamiento de los trabajadores de todo el mundo.

Él, mi padre, que tenía una memoria prodigiosa, recuerdo que me lo contaba una tarde de otoño mientras magostaba castañas en un tamboril. : -El juez, un tal Thayer y los miembros del jurado se dejaron arrastrar por los prejuicios. Y a pesar de que un recluso, Celestine Madeiros, se había confesado autor de los delitos de los que se les acusaba, y de los numerosos recursos interpuestos ante el gobernador de Massachussets, más la designación de un comité para investigar el juicio, sus abogados solo lograron que se aplazara varias veces la sentencia, para que al final Sacco y Vancetti fueran ejecutados en la silla eléctrica.

Mi padre desorientado y falto de criterio propio, creo yo, se dejó atrapar por los discursos populistas que escondían las doctrinas nefastas que llevarían a España y después al mundo entero a la tragedia de la guerra ( Mussolini y Conde Ciano eran el espejo donde se miraba José Antonio Primo de Rivera) .Otra cosa hubiera resultado si a su regreso a España se hubiese topado con Buenaventura Durruti, por ejemplo, en lugar de con un futuro gobernador de Vizcaya al que ya me referí en este Diario en una entrega anterior con el título “ A propósito de Don Genaro” (9 octubre 2017)

En una ocasión oí como le decía a un vecino, un día de matanza, que él no era falangista, que era joseantoniano. Tal vez por sentirse avergonzado de las tropelías que se decía habían cometido algunos falangistas durante, y después de la guerra. En aquella ocasión, sacó a la palestra el asesinato de Primo de Rivera en la cárcel de Alicante. También salió el de García Lorca. – Por marica más que por republicano, – intervenía otro comensal.- pues como el poeta había sido, añadía,, “bastante meapilas”, los curas habrían influido y le hubiese servido de atenuante para tal vez con unos pocos años de cárcel, librarse del paredón. Pero aquello de ser maricón era demasiado.

Otro contertulio, tosiendo morcilla por las comisuras de su boca, replicaba que, curas sarasas abundaron, abundaban y seguirían abundando y que nadie los llevaría al paredón por “desear al hombre de su prójima”. Añadiendo que tal vez había sido fusilado por ser poeta, más que por republicano y mariquita. Y que en todo caso, nunca por el hecho de ser “meapilas”.

Mientras la totalidad de tragaldabas sentados a la mesa, incluido mi padre, asaetaban con miradas de reproche al contradictorio y osado opinador, a mí me entraban unas irrefrenables ganas de vaciar el buche. Porque si era palmario que los chiquillos de aquella época éramos bastante mocosos, mucho más patente era que los adultos eran muy, pero que muy irracionales.

De aquellas fiestas pantagruélicas, ( anótese que nunca las esposas, hermanas e hijas se sentaban a la mesa del banquete ) que celebraban una vez al año echándose al bandullo las morcillas, la sopa picante de hígado y el vinazo peleón, surgían aquellas disputas que me hacían abominar de tedio. Se me atragantaban hasta el aborrecimiento las discusiones, las morcillas y la sopa, por ser de hígado y por picante.

“Joseantoniano “, pero no falangista. Nunca osé preguntarle cuál era la diferencia. Tampoco me interesaba demasiado; por confrontación generacional, supongo, o por natural discernimiento al empezar ya a pensar por mi propia cuenta. Me debía de estar haciendo un poco “rojillo”, pensaba. Si por rojo se entendía, no estar casi nunca de acuerdo con aquellas disquisiciones. Comenzaba a barruntarme diferente sin estar orgulloso de ello. Me sentía más bien culpable de traición “al espíritu de fervor patrio” que me rodeaba.

Eladio Muñiz

 

2 Comentarios

  1. Gracias guapa. Perro yo sé que algunos, tal vez muchos de los lean ese relato, me odiarán.
    No importa, es inutil buscar unanimidades. Mejor el antagonismo que la indiferencia.
    Un abrazo.

  2. Eladio, muy interesante el tema de los que se fueron hacer las Américas y no encontraron mejor destino que la pobreza de la que huían. Gracias y un beso.

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