Estampas del pasado (IV)

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Las batallitas del abuelo

Delante de la casa había un manzano, frondoso y probablemente centenario. Daba mala fruta pero en cambio, proporcionaba una sombra espléndida.

A su cobijo, sentado en una silla de mimbres, pasaba las horas mi abuelo, con su sombrero de fieltro medio atravesado y su «picaya» entre las piernas. Allí meditaba silencioso en espera de algún incauto paseante, al que poder soltar sus iracundas monsergas.

La pareja de la Guardia Civil solía pararse a hablar con «el viejo gruñón». El cabo, un castellano bonachón y grandote, con su tricornio de charol brillante, su capa de montaña y su mosquetón máuser en bandolera, reía los comentarios del viejo como perdonándole la vida.

El abuelo blandía la picaya como un espadachín loco, mientras tronaba mitad en bable y mitad en castellano… – Mire usté cabu : Aquí en la aldea a la gente se la distingue más que por rojos o por azules, por güenos o por malos. Pero hay quién paece güenu y resulta que es malu. Y hay de quién se diz que es malu y sin embargu es güenu. Están tamién los que no paecen ni malos ni güenos; y son to lo contrariu.

– Esa respuesta, más que asturiana es un poco gallega abuelo.

– A usté li pagan por averigualo cabu. A usté li pagan pa averiguar quién son «pa los de arriba», en su criteriu los malos. Y a lo mejor los que son güenos pa mi, son malos pal Régimen; o viceversa.

El número acompañante asombrado, abría sus ojos verdes a dimensiones desmesuradas, dándole apariencia de ciruelas con pestañas. Sufría con las impertinencias de mi abuelo mientras observaba a su jefe. Si el cabo reía, él se esforzaba y reía.

-Yo estoy seguru de q’el Caudillo es un güén puntu filipinu. Pero no es l’únicu. Durante la República tamién había puntos. Pues la ceguera sectaria e incompetente de algunos progresistas fue la coartada que utilizaron estos salvapatrias pa hacer lo q’uicieron ;… y aquí tamos.

El guardia estaba al borde del infarto.

Al pobre infeliz se le ponían los carrillos como tomates maduros y se ahogaba de angustia transfigurando su cara en bodegón vegetal. Hasta que no oía regresar el eco de las carcajadas que el cabo emitía como trompetazos de Jericó contra el cercano «Picu Peñón», no “aliendaba”.

-Usted me parece un señor muy simpático, – le decía sacudiéndose las lágrimas a la vez que encogiendo los hombros miraba al subordinado como queriendo decir: ¿Qué vamos a hacer con este pobre viejo? -Pero debe usted ser más cauto.

-Mire usté señor guardia; cuando pasaron por aquí los rojos cortaron mis mejores robles; eran pa iguar puentes que facilitaran el triunfu de la República, decían. Cuando pasaron los nacionales, se llevaron mis vacas más gordas; eran pa abastecer las tropas en su avance de liberación nacional. Me siento como un imbécil al q’han obligau a financiar una guerra que no era la suya. Una guerra que pagué hasta con la muerte de un próximu, con el que yo no compartía demasiau las ideas, ciertamente. Pero al que mataron villanamente tan solu por q’uera partidariu de una determinada idea política. Entonces… ¿cré usté que no adquirí el derechu a protestar?

Aquellos discursos que podrían haber hecho temblar al robusto manzano y a toda la pomarada alrededor, no eran óbice para que la Guardia Civil del Puesto de Colombres siguiera, en su inspección semanal, parándose a charlar con «el viejo cascarrabias».

Eladio Muñiz

Dibujo de Inna Shumakova

2 Comentarios

  1. Gracias guapa ¿ Nunca te han dicho que eres un encanto? ¡Qué cabritos ! Pues dígotelo yo.

  2. Eladio, excelente artículo. Veo al abuelo sin tener que hacer ningún esfuerzo. Gracias y un beso.

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