Estampas del pasado (V)

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1601
Las batallitas del abuelo

Los había Pasionistas, Redentoristas, Dominicos descalzos, -que siempre iban con zapatos relucientes – Capuchinos, Jesuitas…

Decían que salían en misiones por las aldeas. Pero iban más bien a hacer caja, pienso yo. Porque venían cobrando.

Gracias a las colectas que hacían los curas párrocos arrasando los bolsillos paupérrimos de los fieles, se les podían pagar aquellas prédicas terroríficas que nos endosaban desde la altura dominante del púlpito, en la penumbra lúgubre de la iglesia parroquial ( dejando pequeño a Saulo de Tarso en sus broncas a los cristianos corintios) durante tres atardeceres de la Cuaresma.

Los más apreciados eran los Jesuitas. Los más caros. Los “pata negra de bellota”.

Los Dominicos, eran también pata negra, pero de recebo. Y así sucesivamente hasta llegar a los perniles más corrientes. No diré cuales para no ofender ni al jamón ni a los frailes.

Todos lucían tonsura en lo más alto de la cocorota y sotanas negras con botonera desde el alzacuellos hasta los pies.

Aprovechaban aquella coyuntura para decretar confesiones generales; cosa que los feligreses acataban sin rechistar.

De haber tenido posibilidades de extender mi cultura ingresando en un seminario católico ( frecuente en aquellas épocas) me hubieran disuadido la cantidad de barbaridades que se susurraban durante aquellos días en el confesionario de la parroquia.

Iban, hombres y mujeres, a implorar perdón por haber cometido atrocidades sin cuento. Y lo grabe, a mi modo de entender, era que se marchaban convencidos de que aquello les servía de borrón y cuenta nueva. Creyendo que el cura mediante la imposición de una penitencia de unos pocos pater-nóster y otros tantos gloria-patris, les concedía patente de corso para recomenzar con las mismas o con otras felonías

Era curioso ver cómo se avergonzaban por confesar intrascendentes asuntos de sexo, mientras que estafas, robos, malos tratos y violaciones, lo soltaban con una naturalidad que resultaba desconcertante. (No me olvidaré de mencionar la enfermiza curiosidad del Clero por averiguar la condición y privacidad de todos sus parroquianos.)

Nada positivo creo haber aprendido de aquella farsa colosal. Y lo que más me disgustaba era que existiese lo que los sacerdotes llamaban el secreto de confesión, cuando algunos casos eran tan espinosos como para salir corriendo hacia el juzgado más próximo.

Me abstendré de relatar lo más grave que se cotilleaba “por estar en hora infantil”. Pero como yo no estoy sujeto a promesas ni juramentos, me voy a tomar la licencia de aliviar el hipo que me acaba de entrar hablando de las confesiones de un desvergonzado que iba con frecuencia mensual a las rejas del confesionario para después presumir en la taberna de habérselo contado al cura.

Era cruel y despiadado en sus fechorías. Y le complacía ser descarnado y fanfarrón al confesarlas ante aquel siniestro cajón por saber que saldría impune.

-¡Cobarde!…me hubiera gustado poderle gritar. ¿Por qué no vas a confesarte al cuartel de la Guardia Civil? ( Sabido es que en aquellas épocas buena parte de los pecados estaban contemplados como delitos en el Código Penal Español )

Se nominaban pomposamente a sí mismos oradores sagrados; y apreciaban mucho que se les dijera: “padre tal… y padre cual “.

Nos presentaban con sus monsergas apabullantes, a un Dios justiciero y vengativo, capaz de castigarnos a las llamas eternas del infierno por un quítame allá esas pajas. Nos acusaban de haber sido culpables del Calvario sufrido por Nuestro Señor Jesucristo hacía la friolera de dos mil y pico de años.

Delante de un Crucificado bellísimo pero trágico , digno ser obra del maestro Salzillo que había en la iglesia de la aldea , el jesuita Padre Narciso desgranaba con un énfasis aturdidor, una a una las angustias y los sufrimientos de Nuestro Señor a causa de las llagas que le habíamos infligido. Nos condenaba por su cuenta a las calderas de Pedro Botero. Su voz poderosa retumbaba por los intersticios de la iglesia alertando: – ¡Saulo… Saulo! ¿Quo vadis? Los fieles masculinos aterrorizados se encogian en sus asientos como queriendo disminuir el bulto con la esperanza de esfumarse. Las mujeres escondían sus cabezas veladas detrás de los reclinatorios.

Pero la gente aldeana era masoquista. Al atardecer del día siguiente, regresaba junto al Padre Narciso a recibir otra ración de terror.

Los que mejor escapaban eran gentes como mi madre, que decía: -Se nota que son personas educadas, con estudios. Yo no entiendo mucho de lo que dicen, pero préstame muchísimu oílos. ¡Hablan tan bien!

-Además, pa eso se lis paga. – Añadía prosaico mi padre.

-Eso mismu; refrendaba mi madre.

(ECO Y NARCISO, UN AMOR IMPOSIBLE)

Eladio Muñiz

2 Comentarios

  1. Eladio, muchas gracias. Sigue con tus Estampas del Pasado. Un abrazo.

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