Las batallitas del abuelo: Los maizales

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Las batallitas del abuelo

Aquellas tierras arcillosas e indomables se aricaban con andezas o aladros romanos. Si el tiempo había estado húmedo, las glebas como albardillas pegajosas, se adherían a la reja sacando al apero fuera de los surcos y si el terreno estaba seco el barro se fragmentaba en terrones duros como adoquines. Una capa de estiércol, que previamente se había esparcido, debía quedar enterrada; lo que constituía un inconveniente añadido.

Pasados unos días, se desmenuzaban los terrones a golpes de azada, o arrastrando y volviendo a arrastrar unos armatostes llamados rastrillos tirados por yuntas de vacas; lo que no era la más leve de las labores

Algunos vecinos, pocos, habían adquirido unos arados de fabricación vasca – brabanes marca Ajuria -, artilugios pesadisimos de manejar, que trabajaban mejor la tierra pero que fueron la causa de que muchos campesinos de aquella generación caminen encorvados a causa de la artritis, con las articulaciones vertebrales rígidas como los nudos de una caña de bambú.

Sembrábamos patatas, maíz, «fabes» y berzas. Que con la leche, constituían la alimentación cotidiana y única. La cartilla del racionamiento nos daba derecho a un cuarto de litro de aceite por persona al mes. El pan – medio kilo cada dos días por persona- se utilizaba normalmente para alimentar el cerdo que anualmente engordábamos, con el objeto de disponer principalmente de grasas. Comíamos «borona». Siempre borona que nos producía tremendos ardores de estómago. El arroz, adquirido de estraperlo, lo consumíamos una vez al año cocinado con gallina el día de la fiesta patronal. Pues aquel día había que invitar al gaitero que venía a tocar la «Marcha Real» durante la Consagración en la Misa Solemne, y amenizar el baile interpretando el xiringüelu, la jota, la muñeira, el corri corri, la vaca lechera y pocas cosas más. Otras veces los invitados eran los componentes de alguna orquestina gallega, que cuando se les preguntaba cuál iba a ser la pieza siguiente, solían contestar: “la mesma pero mais forte».

El desayuno matinal estaba basado en borona y leche cruda; con la que alimentábamos nuestros permanentes viveros de parásitos intestinales. Paquito, el médico de Colombres, con su mal humor habitual, se desgañitaba inútilmente recomendando que la leche se consumiese hervida.

Al medio día, un cocido compuesto de alubias, patatas y berzas. Al día siguiente, berzas, patatas y alubias. De postre, borona y leche. Algunas veces castañas.

Los chorizos se reservaban para la época de la siega y para el día de la romería de Santumedé.

Nuestras panzas eran abultadas y picudas. Los flátulos trabajaban a destajo de manera que parecíamos estar en estado de buena esperanza. Abundaban los motes como barrigabaja, barrilete, dos barrigas…

En la época de la escarda de los maizales – el sallu- allá por el mes de junio, poco antes de San Juan el Bautista, cuando el vecindario se afanaba azada en mano, en los eriales se oían retumbar zullencas pedorretas como un eco compuesto con todos los matices musicales del pentagrama.

Algunos miraban alrededor antes de dejarlas caer, para cerciorarse de que no había posibles oyentes en las cercanías. Otros las dejaban caer y después miraban con expresión bobalicona. Y otros, los más desinhibidos, ni miraban. Al fin y al cabo aquellas ventosidades eran uno de los efectos circunstanciales de nuestra miserable existencia.

Mi abuelo solía decir que, probablemente habrá sido de ese modo como se había ganado en los años catapún la batalla de Covadonga; y que los musulmanes no hubieran salido huyendo despavoridos a causa de la bizarría montaraz de los astures, como dice la leyenda. Si no que los habrían atufado con ventosidades en las angosturas de aquellos hermosos desfiladeros.

En todo caso, cuando de entre las cuadrillas se veía a alguien que enderezaba el cuerpo, se podía tener la certeza de que lo hacía exclusivamente para facilitar la caída de un pedo; para volver a encorvarse a continuación ensalivando las manos para mejor acariciar el mango de la azada.

Hasta en la taberna por las noches cuando se organizaban partidas de tute, se establecía paralelamente una especie de competición que consistía en demostrar quién era capaz de soltar el más largo.

Los maizales, además, eran unas frondosidades prodigiosas donde nos escondíamos a evacuar nuestras necesidades fisiológicas. De los excusados teníamos noticia por lo que nos contaban los indianos. ¿Cómo podíamos imaginar que tirando de una cadena iba a salir un chorro de agua que lo arrastrara a desaparecer por un agujero? ¿Dónde estaba el agua, y donde el agujero?

Al margen de estas elucubraciones escatológicas, los bosques de maíces también servían a la juventud para satisfacer otras necesidades no menos importantes. Como el intento de perpetuar la especie, por ejemplo. También decía el abuelo – irreverentemente, según opinaba la abuela- que por los maizales merodeaba con demasiada frecuencia el Espíritu Santo.

Como ocurre con los ñúes en la naturaleza del Serengueti, solían nacer al mismo tiempo varias criaturas en la comarca. Coincidiendo los alumbramientos en el mes de abril o principios de mayo; nueve meses después de que el maíz hubiera alcanzado la altura necesaria.

Curiosamente, a estos acontecimientos se les solía decir eufemísticamente que eran embarazos de los de «por detrás de la Iglesia». Es decir, que no habían sido santificados previamente con el sacramento del matrimonio. Las pobres chicas eran condenadas a vivir avergonzadas el resto de sus días, y los niños figuraban en el Registro como hijos de padre putativo. En la aldea había uno al que incluso le habían puesto de nombre Pepe.

Eladio Muñiz

Dibujo de Inna Shumakova

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