Mi amigo “Niebla”

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Escribo estas líneas en recuerdo de un amigo. Este amigo del que hablo ya nos ha dejado. Mi amigo “Niebla” era un perro mastín que sobrepasaba bien los 60 kilos de peso. A pesar del color de su pelo, que era casi blanco por entero, poseía todas las características de la raza, no solo en corpulencia y alzada, sino también en las restantes, como eran su enorme y bien proporcionada cabeza y sus labios carnosos y colgantes.

Tampoco le faltaba papada ni la doble garra del pulgar. Posiblemente su color no era el ideal para participar en un concurso, pero por lo demás era un perro excelente y hermoso. Hace años que “Niebla” y yo entablamos amistad. Sí, yo lo llamo amistad, aunque el término pueda ser considerado como inapropiado para quien no conoce a los perros. Cuando iba a pasear por Lledías, era incapaz de iniciar mis caminatas si antes no saludaba a mi amigo.

Tenía la impresión de que me esperaba. Yo le hablaba y él me respondía con su silencio y su mirada expresiva. Y cuando llegaba en mi coche, que conocía y distinguía perfectamente, y abría la puerta para apearme, oía un runruneo lejano que se aproximaba hasta convertirse en un claro jadeo, y al volverme me encontraba con la enorme cabeza de “Niebla” apoyada en el muro y esperándome.

Al poco tiempo de conocernos observé que nunca comía de inmediato lo que le ofrecía, que era una galleta o un mendrugo de pan. Pensé en un principio que esto sería debido a que su dueño, mi amigo Armando, que procuraba que no le faltara nada, tal vez le tuviese sobrealimentado. Pero no, no era ese el motivo, ya que intenté darle algo más apetitoso, como un trozo de jamón o de carne, y el resultado fue el mismo. Observé entonces que lo que el perro deseaba era una caricia. Y, en efecto, una vez que pasaba mi mano por su cabeza era cuando se disponía a comer lo que le llevaba. Después de varios años en contacto con él he podido constatar que prefería una caricia a cualquier tipo de comida.

Yo he tenido varios perros a lo largo de mi vida y ninguno de ellos se comportaba de ese modo. “Niebla” era diferente a todos. Estoy seguro de que la mayoría de ustedes ha observado alguna vez el comportamiento de esta raza. Son perros perezosos que pasan mucho tiempo tumbados al cuidado de una finca o de un rebaño de ovejas. Muchos son los detalles llamativos y sorprendentes que he observado en”Niebla” a lo largo de nuestra relación amistosa, y mucho espacio necesitaría para contarlos. Me limitaré, por tanto, a relatar otro de ellos, no menos significativo y curioso que el ya citado.

. Cuando el perro llegaba y se acercaba a mí, lo hacía lentamente. Sin embargo,  cuando veía a mi mujer corría hacia ella con una agilidad sorprendente, como la de cualquier perro de poco tamaño, y con una alegría que hasta a su dueño, Armando, llamaba la atención. La primera vez que mi mujer se acercó a él e intentó acariciarlo retiró asustada la mano al ver su enorme boca. Después, pasado un rato, y ante la insistencia por mi parte hablándole de lo cariñoso y apacible que era, llevó de nuevo su mano hasta él procurando evitar el roce con su hocico. Y aunque parezca increíble, el perro nunca olvidó ese detalle. Cuando después mi mujer lo acariciaba, ladeaba su cabeza de modo tal que le ofrecía el mismo lugar donde le había acariciado la primera vez. Y lo cierto es que era a ella a quien más cariño profesaba. El porqué de esto no lo sé, pero así era “Niebla”

Cuando le conocí, comencé a dedicarle los primeros minutos de mi tiempo en mis visitas a Lledías, que es el lugar donde vivía “Niebla”. Cada vez que me acercaba hasta allí iba pensando en el recibimiento que me haría el perro. Siempre era el mismo, ya que el humor de un perro no sufre grandes alteraciones y su comportamiento tampoco. Lo hacía una y otra vez con la misma gracia y alegría. Muchas veces, en el invierno, en días de frío, nieve o granizo pensaba en “Niebla”. ¿Dónde estaría? En más de una ocasión le vi tumbado sobre la escarcha, durmiendo al raso y soportando bajas temperaturas sin manifestar la más mínima incomodidad. “Niebla”, con su comportamiento, proporcionaba alegría a su entorno, transmitía tranquilidad y ternura y regalaba su cariño a todo aquel que lo conocía.

Adiós “Niebla”, desde aquí y a través de estas líneas te envío mis caricias.

José Manuel Carrera Elvira

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