Otoño caliente

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En muchas ocasiones he oído decir del otoño que es una estación “mala”. Puede que, en cierto modo, sea así, ya que es en esta época cuando surgen los catarros y las gripes, aumentan los casos de depresión, nos vemos obligados a utilizar ropas de abrigo, etc. Sin embargo, en mi opinión, es la estación más hermosa y plácida del año. Basta con introducirse en los bosques y pasear unas horas por el campo para disfrutar de un panorama único que, ahora mismo y viendo lo que vemos, es el mejor remedio para combatir el tedio que provoca el debate político y el comportamiento de nuestros dirigentes. A esto me refiero con eso de “caliente” en el título del artículo, no a la agradable temperatura que nos brinda la recién estrenada estación. Muchas veces me pregunto por qué leo la prensa todos los días. En realidad, lo hago con la idea de leer a mis columnistas favoritos cuya prosa me parece excelente. Disfruto leyéndolos, pero lo cierto es que, una vez que comienzo a leer me resulta difícil parar, por lo que me entero de otras cosas que me irritan y me amargan el día.

Pues sí, también es por esto por lo que celebro la llegada del otoño. Qué placer proporciona saber que puede uno adentrarse en el mundo de paz y sosiego que nos ofrece la naturaleza. Y qué alivio siento al dejar atrás, aunque sea solo por unas horas, los insultos, acusaciones, mentiras y palabrería insulsa a la que nos tienen acostumbrados los gobernantes de este país. Pero como sé que este hartazgo y desilusión que me invade cuando pienso en nuestros políticos se disipa tan pronto como me dispongo a iniciar una caminata por el campo, así lo hago. Ya antes de llegar al punto de salida me apeo del coche y miro al cielo. Rara es la vez que no veo a alguna pareja de milanos planear en las alturas. Apenas mueven las alas para hacerlo. Vuelan en círculo, lentamente, ascienden y bajan una y otra vez, y así durante horas. No se cansan de volar y yo no me canso de mirarlos y disfrutar de su vuelo. Después de esto y penetrando en bosques de arces, avellanos, castaños, alisos y abedules donde no llega la contaminación sonora, me olvido de todo y me siento como en un mundo mejor, sin pensar que hay otro. Respiro un aire limpio y refrescante y me recreo en la contemplación del plateado de los abedules mientras percibo el olor a tierra y escucho el rumor de hojas caídas empujadas por la brisa.

Las hay de varios colores, algunas de ellas doradas. Da pena pisarlas al caminar. Y al atardecer, el panorama que se presenta ante nuestros ojos ofrece los más bellos colores y las más hermosas acuarelas que uno puede imaginar. Me siento sobre cualquier piedra a mi alcance o sobre un tronco de árbol caído y escucho… Simplemente con aguzar un poco los sentidos percibo el suave rumor del riachuelo, el roce de las hojas secas, el canto dulce y melancólico del mirlo y el sobresalto “agradable” causado por el aleteo de una paloma torcaz que emprende el vuelo desde lo alto de un árbol cercano. ¡Qué placer! ¡Qué calma! Después de esta experiencia compruebo que llego a casa tranquilo y sin pensar en otra cosa que en el recuerdo de lo vivido. Y mientras escribo revivo de nuevo las horas pasadas. No enciendo la televisión para no enterarme de las noticias. Y hasta duermo mejor.

Se dice que “después de la tempestad viene la calma”. Supongo que también sucede a la inversa. Eso es lo malo. Esos momentos de paz y gozo son demasiado cortos. ¿Seré capaz de renunciar a leer la prensa de mañana? Me temo que no. Y vuelta a empezar…

José Manuel Carrera Elvira

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