Don Andrés

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En Llanes, mi pueblo, principios de los años 60, café “Armas”. Un café grande, altos techos, columnas de hierro con capitel, mesas de mármol y dos amplias cristaleras a nivel de calle. Una mesa en primera fila, buena luz, un café, el diario, en ocasiones un libro y detrás un señor con gruesas gafas de carey, siempre de corbata con un grueso nudo. Este señor nunca miraba a la calle, atento, concentrado, como queriendo ingerir las noticias o lecturas.

Allí estaba cada día de cada año, hasta tal punto que si alguien de forma inadvertida se sentaba en su sitio, el dueño de forma cortés indicaba que el sitio estaba reservado, eso a pesar de la modesta consumición, un café en toda la mañana. A mí, la verdad, me llamaba la atención esa cotidianeidad y fidelidad diarias.

Era Don Andrés, profesor de matemáticas, director del instituto de Avilés con 23 años, el mas joven de España. Avatares políticos que no vienen al caso comentar derivaron para él en prisión, destitución, destierro e inhabilitación. Tenía dos hijas -Nicole y Mar- que en muy temprana juventud se marcharon a Francia a estudiar, a vivir en libertad. Fueron líderes del Mayo del 68, algo previsible si creemos en la influencia genética. Después me enteré que este hombre daba clases particulares para subsistir, además de una pequeña ayuda que le hacía llegar su hermano Alfonso, poeta asilado en Rusia donde era traductor del diario “Izvestia” de Moscú, para sus ediciones para Sudamérica.

Cuando se construyó el instituto de mi pueblo, se dotó de un profesorado heterogéneo desde recién licenciados a un profesor que venía con un gran coche, chófer y se hospedaba en el mejor hotel del momento. A éste, si ibas a consultarle algún tema o duda te invitaba siempre a cenar; algunos había que se les presentaban dudas con inusitada frecuencia.

Era un pueblo pequeño, lejos de las grandes ciudades, y era poco demandado como destino, de tal suerte que la plaza de profesor de matemáticas no se cubrió. Entonces los padres de sus alumnos, incluso el Ayuntamiento de la época intervino a su favor y se formó una especie de comisión local para darle la plaza a Don Andrés por su contrastada valía y saber. No solo daba clase a Bachilleres, también a ingenieros y otras carreras superiores. Como no podía cobrar del Estado, los alumnos pagábamos una pequeña cantidad llamada “permanencias” y de este capítulo se detraía el dinero para pagarle.

En ese instituto entré en relación con D. Andrés, aquel señor de la cristalera. ¡Que profesor magnífico!. ¡Qué manejo tan sutil de las matemáticas! ¡Con qué suavidad exponía tan áspera asignatura! Los estudiantes, siempre pícaros, buscábamos en otros textos problemas enrevesados, como para ponerlo a prueba. Jamás conseguimos un momento de duda o una reflexión previa, directamente a desarrollarlo de forma clara y magistral, como era habitual en él.

Henos aquí en un centro con diez o doce estudiantes de 5º y 6º y una caterva de 200 o 300 niños de primero que se incorporaban al estudio dado que no requería desplazamiento. En nuestro reducido grupo había dos grandes estudiantes, otros pocos del montón y yo que era el peor, no me tomaba nada en serio, mis pensamientos e inquietudes iban por otros rumbos. Algunos copiaban los trabajos de los dos más brillantes, yo ni me molestaba en copiar con lo que mis resultados chocantes cuando no disparatados me valieron el dudoso título de “El discrepante”, a pesar de todo siempre me decía: ¡Qué malo eres (en la asignatura) pero de otra parte eres un “anarkista” y siempre me ponía un 5.

Ese era Don Andrés y las generaciones que pasamos por sus manos, que nos expatriamos por diversos motivos, al reunirnos en verano, sistemáticamente nos viene a la mente Don Andrés y nosotros mismos nos sorprendemos que del montón de profesores que tuvimos nos acordamos especialmente de él.

Hay personas que para bien o para mal (en este caso para bien) te marcan para toda la vida.

Javier Álvarez García “Panchito”

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