Recuerdos de mis primeros viajes a Llanes: Fiestas de La Guía

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Imagen, Valentín Orejas

Siempre que vuelvo a Llanes revivo emocionado tiempos de mi infancia en que, durante dos o tres temporadas seguidas, hacia finales de los años cincuenta y comienzo de los sesenta, acudí a la villa con mi padre, que era contratado por la organización del Bando de la Guía como músico encargado de realizar los ensayos y, junto con el resto de la orquesta que se incorporaba más tarde, la posterior función de variedades que tenía lugar dentro de la programación de las fiestas de la Patrona, en septiembre.

Aquellos viajes supusieron una importante y maravillosa experiencia que me influyó y estimuló de manera significativa y que siempre quise contar.

El viaje en tren desde Oviedo era ya una aventura cargada de imágenes y sensaciones diversas gracias a los hermosos paisajes del recorrido, la actividad siempre atractiva, y en algún caso frenética, en las numerosas estaciones del recorrido (donde el tren se demoraba a veces más de la cuenta) y otros estímulos, como los que aportaban algunos viajeros con su actitud, aspecto u ocurrencias, que eran objeto de mi siempre interesada e insaciable atención infantil.

Mi madre y hermanas iban a la estación para despedirnos, como si nos marchásemos para siempre al extranjero, o algo por el estilo. Era, innecesariamente creo yo, un momento algo triste, porque atribuía al acto un dramatismo que no tenía, pues era un viaje de trabajo, provisional y breve, lo que debería rebajar considerablemente el “drama” de la separación. Por otra parte la lejanía (que la marcaba, sobre todo por aquel entonces, la dilatada duración de los viajes) era más psicológica, más aparente que real. En mi caso, aún conmovido en un primer momento por la separación familiar, debía ser tan poderoso el empuje de la emoción, de la novedad, de la experiencia desconocida y fascinante que iba a vivir, que me parecerían poco relevantes las contrariedades de este tipo. Además, el hecho de ir con mi padre, que también sentiría su pena, me confortaba. Pero no eran habituales estas esporádicas separaciones familiares, aunque fuesen efímeras; por lo que, más tarde, comprendí la inquietud que debía embargar, sobre todo, a mi madre.

Cuando la enorme máquina de vapor se ponía remolonamente en marcha con aquellos perezosos bufonazos, el humo espeso que poco a poco iba invadiendo la estación (con su olor casi agradable a carbón quemado) y aquellos pitidos peculiares que comenzaban algo retraídos, parecían anunciar ya el denso y lento viaje que se avecinaba. Los vagones de madera chirriaban y se estremecían con los tirones y, tras un proceso que se repetía en las numerosas estaciones del recorrido, iniciaba una marcha cadenciosa y somnolienta que contagiaba a los viajeros.

Como no era recomendable asomarse a las ventanas por el riesgo que podría provocar la carbonilla o el humo, yo arrimaba la cara al frío cristal contemplando ensimismado aquellos paisajes nunca antes vistos, creyendo haber sido favorecido por una especie de privilegio que me convertía en testigo aventajado de unas imágenes y vivencias llenas de aspectos que activarían y renovarían mi mente y que, además de hacerme olvidar mi vida cotidiana o rechazarla momentáneamente como algo pobre e indeseado (aunque mi infancia era realmente gozosa), condicionarían mi personalidad en formación, guiándola, al menos en determinadas facetas, a través de las direcciones que irían marcando esas vivencias, esas experiencias insólitas.

Tras el largo periplo, que al final debía resultar ya algo tedioso, por lo que su terminación resultaría un alivio y, consiguientemente, un renovado alborozo que se añadiría a la agitación y el entusiasmo provocados por la inminente llegada, entrábamos en la bulliciosa y de aspecto imponente y elegante estación de Llanes – o así la veía yo – en lo que me parecía un solemne, un ceremonioso acto, con el lento y arrogante acercamiento de aquella mole envuelta en humo, que de seguro impresionaría a los que allí aguardaban y que me haría sentir de nuevo actor importante y protagonista de excepcionales momentos.

Posiblemente ya el primer recorrido por Llanes me haría olvidar, ahora por completo (si antes no lo había hecho ya), los escenarios de mi vida cotidiana, llevado por la fascinación que me producía aquel entorno. Creía llegar a un lugar exclusivo, único, que me acogería bien, aunque mi carácter tímido me impediría expresar con toda libertad esa emoción escondida, replegada tras mi retraimiento habitual.

Sus casonas y palacios se me antojaban las más hermosas y más espectaculares y la fisonomía de las entrañables calles, vías adecuadas al servicio de sus magníficos edificios y habitantes. Nunca como en estos casos sentí tan cerca la realidad de la fantasía, ya que no hubo un ajuste decepcionante de ésta (que ya habría elaborado alguna imagen ideal sobre el aspecto de Llanes), con aquella.

Pero realmente no se sabe muy bien a qué obedece la impresión que nos producen algunos viajes. Me atrevo a aventurar que, en este caso, el hecho de ser las primeras veces y de acompañar a mi padre me predispondría a disfrutar de todo, como si de un premio se tratase. Así, quizá exageraba el efecto de las cosas que veía, adjudicándoles una importancia y una belleza que, aun teniéndola, era reforzada, engrandecida, elevada por mi espíritu magnificente, generosísimo, llevado por mi ánimo exaltado y mi alegría, olvidando lo que mi mente hubiera podido imaginar. En los viajes sucesivos, calmada tal vez la turbación primigenia, reviviría los hechos con emoción contenida, y el secreto regusto de ser ya un experto aventajado que, además, me proporcionaría renovados méritos en mi entorno social ordinario.

Nos hospedábamos con pensión completa en el hostal “La Puerta del Sol”, que aun existe hoy en la calle Pidal. Allí probé por vez primera platos que en la actualidad aun disfruto con especial placer: como los moros y cristianos o los tortos de maíz con huevos u otros ingredientes. Recuerdo con agrado el olor de aquel restaurante, debido a los aromas peculiares de su cocina.

Creo que también eran las primeras veces que me hospedaba en un establecimiento de este tipo, lo que resultaría intrigante y un añadido más a las novedades que me proporcionaron aquellos viajes, sobre todo el primero; aunque en los siguientes no me sentiría menos atraído, menos feliz.

Algunas mañanas acudíamos a un palacete, en la misma calle Pidal, que me parece se trata de “Villa Concepción”, donde tenían lugar los primeros ensayos. Su propietaria o inquilina era una de las promotoras de la fiesta.

La primera visión de aquella casa impresionante, hoy restaurada y dedicada a otros usos tras un periodo de abandono, me estremeció. Ya me habría fijado en Oviedo en este tipo de mansiones, que alguna quedaba, aunque su existencia me resultaría indiferente a pesar de su aspecto formidable. Sin embargo, cuando, como en este caso, se va a establecer una relación directa con ellas y sus ocupantes, la cosa cambia. De repente la congoja y la atracción nos alteran y, aunque nos podamos sentir pequeños y acomplejados ante la inminencia de ese encuentro, el impulso (en este caso motivado por el cumplimiento de un compromiso laboral de mi padre) nos lleva hacia allí, mezclado con esa especie de amor al riesgo que se activa en estas circunstancias.

Supongo que, en busca de protección y escondite, me agarraría a mi padre, que me habría aleccionado previamente acerca del comportamiento a seguir (aunque yo era un niño tímido y formal, nada problemático), pues ese contacto inminente con los habitantes de la casa me parecería incierto y temeroso; tal vez, además, por miedo a no ser bien acogido o recriminado por algún comportamiento o actitud o aspecto inapropiados.

Entrábamos por una puerta lateral que abría una criada, pero luego accedíamos a la primera planta por una escalinata que me parecía la de un castillo encantado y llegábamos a un salón magnífico, impresionante. No recuerdo con detalle la decoración de aquella pieza, pero me parece era rica, colorista y luminosa. El piano estaba en una esquina…

Los diversos artistas acudían allí para los ensayos y se formaba un ambiente muy divertido, más relajado que tenso aunque, recuerdo, eran muy altas las exigencias profesionales. Mi padre y aquella señora interrumpían las actuaciones cuantas veces les parecía necesario hasta conseguir la perfección.

Yo, que lo observaba todo con los ojos de un niño estupefacto, impresionado, que poco había salido de casa, seguía con detalle las evoluciones de aquel elenco. Me parecían personajes de cuento de hadas y, aunque para la mayoría de ellos debía ser invisible, lo que no me importaría, pues mi timidez me haría retraerme y preferir el anonimato, la transparencia o la invisibilidad, yo los observaba con admiración desde una esquina entre el piano y la pared, donde me refugiaba, sobrecogido por aquel entorno en el que seguramente me encontraba ajeno, incómodo, excitado y perplejo.

Entre los muchos y, realmente, difusos recuerdos de aquellas mañanas irrepetibles hay uno que me impactó particularmente, quizá por eso lo puedo contar con algún detalle. De una estancia cuya puerta daba al espacio donde nos encontrábamos salió en una ocasión una dama joven elegantemente vestida, de una belleza extraordinaria y con un aire altivo, aunque no distante. Debía ser familiar de los dueños, tal vez una hija. Demoró algo el cierre de la puerta lo que me permitió ver el interior suntuoso de aquel recinto que me parece era un dormitorio en el que predominaban, creo, los colores rosas y los muebles de estilo antiguo como los propios de algunos palacios; todo ello, naturalmente, enriquecido y “manipulado” posteriormente con mi imaginación. Aquella mujer deslumbrante fue el objeto de mis primeros encuentros con sentimientos que seguramente ya se asemejaban a los amorosos, aunque, bien es verdad, podría tratarse simplemente de la emoción provocada por la sorprendente “materialización” de visiones que nuestra mente suele provocar para establecer una distinción entre lo mundano y lo excelso. En cualquier caso aquella mujer me cautivó durante una buena temporada, tal vez por esa increíble constatación práctica de ilusiones que hasta ahora solo pertenecían al mundo de la fantasía.

El resto del día lo pasaba con mi padre descansando en la pensión o de paseo por la villa saludando a unos y otros. Normalmente él refería la identidad de esas personas, algunas de las cuales poseían título nobiliario, lo que me impresionaba muchísimo, tal que se tratase de gentes irreales o de otro mundo. También hacíamos alguna visita a conocidos de mi padre que tenían que ver con las celebraciones o amistades hechas por esas circunstancias. Recuerdo con especial agrado la que hacíamos a una mujer que seguramente también pertenecía a la organización, y creo vivía en la misma calle Pidal, o muy cerca. Aquella señora, no sé porqué, me hacía sentir bien, me confortaba. Tampoco recuerdo quién era. En otras ocasiones hablábamos con un hombre mayor que, a la hora de nuestros paseos, casi siempre estaba pescando en el puerto. Era muy cordial y amable y me parece también se trataba de un antiguo veraneante aristócrata que provenía de Madrid.

Durante los paseos nos demorábamos a veces en el puente de la ría, contemplando un yate grande y hermoso que allí estaba atracado. Como muchas de las embarcaciones de esa época, era de madera y tenía lonas a modo de parasoles. Supongo que mi imaginación fecundísima me llevaría a realizar viajes fantásticos a bordo de aquel magnífico barco, que siempre estaba en el puerto, como si su dueño hubiese renunciado al placer de navegar.

Si no se trató de un deseo irrealizado que se hubiese convertido en mis recuerdos en una vivencia real, puede que de forma esporádica hayamos ido a ver alguna película al teatro Benavente. De una forma raramente difusa, pues al ser mis primeras experiencias con este tipo de entretenimiento debería hacerlas más nítidas (si es que no me aburrí soberanamente, o el cine no me hubiera interesado, o sencillamente me estoy inventando que se proyectasen películas en ese local), solo aparecen en mi memoria algunos detalles del interior de aquel recinto y vagas imágenes cinematográficas. Tal vez como consecuencia de la acumulación de novedades y múltiples impresiones de esos mis primeros viajes no es descartable que mi cabeza, quien sabe con que criterio, haya seleccionado las más impactantes, dejando otras al albur de la capacidad o caprichos de mi memoria.

Por la tarde, un día o dos antes de la representación, se realizaban los ensayos, si mal no recuerdo, en el Cinemar, hoy en estado de abandono, donde tendría lugar la función. Yo, algo más cómodo que en el palacete, me entretenía deambulando, con moderada confianza (adquirida tal vez por mi asumida invisibilidad y por la tolerancia de los encargados del teatro), entre los bastidores o por los pasillos de los camerinos. Por los entresijos, en fin, de un edificio que se me hacía grande, monumental, magnífico; recorriendo, inspeccionando seguramente con algún recelo todavía, sus plantas y espacios. En una de esas incursiones encontré por allí a una niña de más o menos mi edad que debía estar en parecidas circunstancias a las mías. Se que algo hablamos y algún recorrido hicimos juntos y por ello, quizá más atraído por la proximidad de edad y condición (lo que me haría sentirla más accesible), también me debí medio enamorar de aquella criatura, que jamás volvía a ver, o reconocer…. No sé en que viaje ocurrió esto pues los recuerdos se mezclan, pero lo relevante es que esas primeras vivencias “amorosas” dejan una huella con posibles efectos en nuestro cerebro, condicionando tal vez alguna de nuestras emociones o gustos posteriores o moldeándolos imperceptible pero decisivamente.

Dos o tres días antes de la función llegaba el resto de la orquesta, que la formaban un flautista (mi tío Cesar) un violinista, otro músico que tocaba diferentes instrumentos de viento y un batería. Con la incorporación de estos interpretes el ambiente de la Puerta del Sol, donde también se hospedaban, se hacía más bullicioso, más divertido y, aunque yo perdía protagonismo con mi padre, consideraba otro privilegio compartir aquel mundo de mayores, supongo que para la incomodidad de algunos. En las cenas y las comidas se charlaba animadamente y yo no me perdía ningún detalle de sus conversaciones, en busca quizá de contenidos, revelaciones, secretos que me acercasen a una madurez que no tenía. Aunque sin duda estarían censuradas en muchos aspectos por mi presencia, el hecho de estar allí me haría sentir partícipe de ese mundo inaccesible de los adultos, tan lejano que parecería nunca fuese a llegar si no fuera por atajos que imaginaría superables, realizables en aquellos exaltados momentos

El día de la gala había nervios, excitación y alegría. La función tenía lugar por la tarde-noche y nosotros acudíamos con antelación al teatro, ya vestidos para la ocasión y, aunque la espera se hacia larga, la emoción de los últimos ensayos, con los artistas ataviados para la representación, la música al completo y la contemplación de los impresionantes decorados, cambiantes según los distintos números, vistos en exclusiva antes que el resto de los espectadores, me harían sentir de nuevo importante y sobrecogido.

Uno de los momentos más interesantes era presenciar la entrada del público, que poco a poco iban ocupando sus asientos, ignorantes de lo que iban a disfrutar y que yo, privilegiado, ya conocía. Algunos acudían de etiqueta, lo que daba al espectáculo un aire señorial, acorde con aquella villa distinguida, como ocurría en la ópera de Oviedo.

Me situaban en el foso de la orquesta un poco apartado de los músicos, y en otra ocasión entre bastidores, creo, sentado muy recatado y tímido en una silla discretamente instalada para no causar molestias. El trajín de los artistas suponía un contraste con relación a las vivencias del palacete. Yo los notaba más nerviosos y afectados, como yo…

La función era divertida, variada, nunca decaía y a mí me parecía el remate de un cuento maravilloso vivido en directo. Recuerdo que todo salía bien y había muchísimos aplausos y bises.

Al final, con todo el mundo más relajado, había fotos y felicitaciones y una cena de lujo para los músicos en el restaurante del hostal. Se comían langostas y otros manjares, y yo en una esquina de la mesa, contemplaba la diversión de los mayores con arrobo e intriga, pues, como casi siempre, solían darse conversaciones de tono elevado a pesar de las prudencias, conversaciones que yo trataba, como dije, de descifrar. Se que mi padre, que siempre me educó responsablemente, me enviaba a la cama cuando lo consideraba oportuno. Probablemente me retiraría enfadado, pero no había opción, así que no me quedaba más remedio que hacerlo. Me confortaría escuchar el murmullo de sus conversaciones desde la cama y, aunque los restos de rabia me condicionarían, seguramente no tardaría en dormirme

Al día siguiente regresábamos a Oviedo en un taxi negro, enorme, donde todos cabíamos algo apretujados. Los instrumentos en la baca, apilados, y nuestras maletas en un recinto trasero, también al aire. Era un viaje incómodo por una carretera sinuosa y eterna y no resultaba propicio, como el tren, para la ensoñación o la contemplación de los paisajes. Era ese un día realmente triste. No olvido mi pesadumbre enorme, aunque la recopilación de recuerdos y emociones, tan próximas, me proporcionarían algún alivio momentáneo. Había un contraste enorme entre la emoción de la ida y la decepción desproporcionada de la vuelta y, aunque en mayor o menor medida casi siempre ocurre esto, supongo que en la infancia más, dado que aun había menos posibilidades de cambiar las cosas, facultad que yo por aquellos días consideraría exclusiva de los mayores, como si éstos dispusieran de ese poder. ¡Qué ingenuos éramos!.

Realizábamos paradas de cuando en cuando y las anécdotas se multiplicaban haciendo el viaje, eso sí, bastante divertido en general, aunque, ya digo, no tanto para mi, sumido la mayor parte del tiempo en la melancolía. En ocasiones dormitábamos, tal vez faltos de sueño, sobre todo algunos… tras una noche de relax y fiesta.

El regreso a casa suponía el encuentro emocionado con mi madre y hermanas, pero también el comienzo de las clases…otro de los factores que contribuirían a mi tristeza y decepción.

Tal vez mi mente soñadora se la deba en parte a aquellos viajes fascinantes, experiencias que me acompañarían durante muchos días …¡y que quizá también me provocasen algún disgusto en el inicio de las clases, por mis distracciones!.

Me hubiera gustado recordar quienes eran las personas que conocí y qué fue de ellas; aunque, al final, una especie de pereza, tal vez producida por el tirón de la realidad cotidiana o la volatilidad de esa repentina fuerza de los recuerdos, nos impide a veces iniciar investigaciones que llevaría tiempo y tal vez unas energías que, en realidad, solo deseamos conservar para alimentar, para hacer durar, nuestros ataques de nostalgia.

Siempre agradecí a mi padre, ya fallecido, el haberme permitido vivir semejantes experiencias, lo que para él debió suponer, sin duda, alguna incomodidad. Hoy, aunque la fiesta haya cambiado mucho, aun me produce gran interés su celebración y, cuando puedo, acudo a Llanes con el fin de saborearla, revivir las emociones pasadas y aquellos recuerdos que posiblemente ya estén algo distorsionados (“nada es como es sino como se recuerda”), por lo que aprovecho para pedir disculpas por mis posibles errores, inexactitudes, omisiones y olvidos. Sin embargo, sea cual sea su metamorfosis, esos recuerdos influirán en nuestra existencia en la medida que puedan inducir alguna conducta que, si bien se vería igualmente afectada por esas deformaciones, constituyen, quiérase o no, una parte activa de la realidad de las personas y la causa de diversos efectos en sus vidas.

Todo mi ánimo y apoyo para seguir haciendo de esa fiesta algo tan especial y emocionante.

Un cariñoso abrazo

Fernando San Narciso Zamora

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