El Mazucu y el trombeyu

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Imagen, Valentín Orejas

Entrando desde Llanes por Parres, al final del prado de Santa Marina, donde se celebra cada 18 de julio la fiesta de la Santa de los ojos del color de los mares, se empieza a subir por el alto de la Tornería a el Mazucu.

Esa carretera agarrada a la montaña, entre paredes de piedra y el barranco, y con vistas a lo lejos del mar, no solo forma parte del paisaje, también está llena de sorpresas, desde vacas atravesadas en ella, a las que en estas fechas acompañan sus terneros recién nacidos, hasta buitres planeando en círculos concéntricos, como flotando en el aire.

A El Mazucu, el pueblo más alto del Concejo, perteneciente a la parroquia de San Juan de Caldueño, he ido muchas veces, y visitado su diminuta capilla, que está bajo la advocación del Santo Ángel de la Guarda y cuya campana, en recuerdo de la guerra o para aprovechar el sobrante, es la cabeza de un proyectil.

También conozco el lavadero, la fuente con peces de colores y la pequeña plaza al sol y a la sombra de los plátanos de paseo de ramas entrelazadas, en la que una placa homenajea a los emigrantes recogiendo la leyenda: «A sus emigrantes. Nunca se fueron porque siempre soñaron con volver».

Asimismo, he paseado entre muros de piedra seca y cardos azules, tan propios de pastizales de zonas de media y alta montaña, hasta el sitio de Noli, con vista panorámica, como si fuera una maqueta, a todos los pueblos del Valle: Caldueñín, Cortines, Debodes, Villa, Buda y Las Jareras.

Si bien, esta vez nuestra subida a el Mazucu estuvo motivada por la valiosa información de que Luis Obeso Celorio tenía un instrumento que llevamos meses buscando para ilustrar un cuento inédito de Baltasar Pola, el cual soñamos con editar.

Después de comer en El Roxín, restaurante en el que se disfruta al mismo tiempo de la comida y del paisaje a través de sus enormes cristaleras, con curiosidad y más ilusión nos adentramos en el garaje de Luis, una suerte de museo, en el que impresiona la cantidad de objetos que allí guarda y expone con gracia, muchos de los cuales le han salido al paso y a los que ha dado una segunda vida.

Así, Luis con un entusiasmo que contagia nos fue enseñando imágenes de santos, relojes, cestos, calderos, cornamentas, cadenas, aperos de labranza, utensilios de cocina, curiosos libros, bastones, palos de porruano, incluso uno que se podría haber ofrecido a Carlos I cuando visitó Llanes, ya que como puño lleva un águila, zurrones, madreñas, reteles, hasta un tridente propio de Neptuno.

Y entre todo lo nombrado, y mucho más, en una caja con forma de arca vimos el tesoro que buscábamos: una colección de varios ejemplares de trombeyos.

Algunos se preguntarán: ¿Qué es un trombeyu o troneyu? ¿A qué se refería en su cuento Baltasar con el efectista “ The Asturian Turnbuzz”?.

Pues bien, gracias al coleccionista deEel Mazucu, estoy en disposición de contestar que el girazumba asturiano, como lo bautizó el más universal de los Pola, es un antiguo juguete infantil hecho con una nuez hueca que, fijada en un palo, gira produciendo un zumbido.

Abandonamos el garaje de Luis Obeso, que el año pasado recibió la distinción de ser nombrado costalero de honor de la Virgen de Guía, muy agradecidos por su amabilidad y con dos trombeyos que nos regaló, uno a Fernando Suárez Cué, que nos acompañó en aquella excursión de pesquisa, y otro a mí.

Y en la bajada de la Tornería, pensando en volver pronto a el Mazucu, ya que la fiesta del Ángel estaba a la vuelta de la esquina, improvisé, ante la protesta del personal, un solo de trombeyu.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía, Valentín Orejas

2 Comentarios

  1. Fernando, muy buenos días. Muchas gracias por tu entusiasta comentario. Lo cierto es que lo pasamos muy bien en el Mazucu, ya que además de que es un lugar sorprendente con vistas maravillosas, tuvimos la suerte de que Luis nos enseñara los tesoros de su garaje y al fin encontramos el trombeyu.
    Nosotros también disfrutamos mucho de tu compañia y te echamos mucho en falta desde que te fuiste.
    Un abrazo muy fuerte.

  2. ¡Jo amigos! Menuda excursión, menudo paisaje, menuda comida, menuda visita y menudos acompañantes. Parece mentira lo que cambia el estar cien veces en un lugar que te ha parecido siempre muy anodino, a visitarlo de la mano de un par de entusiastas del mismo y dirigidos por un enamorado nativo del lugar. No tiene color, y si además, te regalan un trombiellu”, ese original y “antigüísimo” juguete infantil que me recordaba a un sonajero… ¿Para qué quieres más? Por cierto y por lo visto, semejante artilugio era más conocido en la nuestra Villa con el nombre de “girazumba”.
    En fin, os aseguro que no voy a perder de vista a semejantes personajes, primero por la amistad que les profeso y que me han demostrado, y segundo por egoísmo propio, ya que el que a buen árbol se arrima…¡Pues eso!.
    Un abrazo.

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