Paisaje esquilmado

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Nunca me ha gustado esta época del año. Me desagradan las oscilaciones térmicas de los meses de febrero y marzo; no sabes si salir de casa en mangas de camisa o con abrigo. Tal vez esto haga que los comienzos de las primaveras me parezcan tristes.

Este año, sin embargo, que estamos disfrutando de días soleados y temperatura agradable, nada nos impide contemplar el bello espectáculo que nos brinda la naturaleza. Es ahora cuando algunas especies arbóreas ya se han vestido de ceremonia para saludarnos y ser correspondidas. Las mimosas ya exhiben sus flores doradas y resplandecientes, al igual que los cerezos muestran sus blancos racimos. Otro tanto sucede con las magnolias de hoja caduca cuyas flores rojas y blancas invitan a ser acariciadas.

Los árboles son como un recordatorio. Cuando los miro y me recreo en su belleza, mi pensamiento se traslada a Llanes, y si contemplo las mimosas del parque de la ciudad, son las de Lledías, Turanzas o San Roque las que estoy mirando; si es una magnolia, es la del parque de Posada Herrera la que veo, y si se trata de cerezos floridos veo los de Turanzas o Rioseco. Y así sucesivamente.

No sé si esto es debido a la luz, que en Llanes me parece más clara y luminosa o se trata del amor a la tierra natal. Durante mucho tiempo he creído que los árboles no tenían dueño. Estos pensamientos vienen de muy atrás, cuando también creía que los árboles de Llanes eran de los llaniscos y, por lo tanto, también míos. Pensaba así porque nadie me impedía mirarlos, incluso acariciarlos. Lo lamentable de estos pensamientos es que la realidad es otra, y mucho más en el municipio de Llanes, donde durante décadas no solo no se ha prestado la más mínima atención a la conservación del arbolado, sino que se ha talado indiscriminadamente, como si se tratara de temibles agresores.

Entonces me di cuenta de que los árboles no eran míos. Ya convencido de esto, me consolaba saber que el paisaje sí lo era, que nadie podría destrozarlo.

Pues no, no es así.

El chiringuito instalado en el acantilado del paseo de San Pedro y encima de la playa de El Sablón es una clara muestra de que hasta el paisaje llanisco no es de los llaniscos y, por lo tanto, tampoco mío. Ver ese colgajo en el acantilado arruinando la frescura y la estética de uno de los lugares más emblemáticos y visitados de Llanes es algo que hace que uno sienta vergüenza ajena. Si estas decisiones son consecuencia de una acentuada biofobia, algo habitual entre los políticos llaniscos, o tal vez de carencia de sentido de la estética, no lo sé. Sea cual sea el motivo, se trata de algo “impresentable”.

Pronto tendremos ocasión de introducir una papeleta en la urna. No olvidemos que con ello damos un cheque en blanco a unos pocos y, nos guste o no, ellos serán los encargados de la conservación y el mantenimiento de nuestro patrimonio. Nos conviene pensarlo bien antes de hacerlo. Es mucho lo que está en juego para todos los llaniscos.

José Manuel Carrera Elvira

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