“Lo compla o no lo compla”

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Con frecuencia, la crispación y el mal humor son consecuencia de nuestro absurdo comportamiento. No sabemos sacar partido de lo que nos disgusta y nos concentramos en lo que nos enoja aun sabiendo que, en muchos casos, no tiene remedio. Decía el latino que “el sabio encuentra siempre algún provecho en toda situación, incluso en las más desagradables”. Pero como yo no soy sabio ni voy camino de ello, no consigo evitar el desagrado que me invade cuando pienso en los muy probables pactos maquiavélicos que se avecinan tras las recientes elecciones. Da miedo pensarlo. No es, sin embargo, de política, de lo que escribiré aquí, ya que sobre este tema todo está  escrito, analizado y comentado. Tendré en cuenta, por tanto, las recomendaciones del clásico y dedicaré el tiempo a asuntos más agradables que me distraigan y me ayuden a olvidar lo inevitable.

He comprobado con enorme alegría que mi “amigo” el vencejo ha vuelto a ocupar el lugar de siempre, el alero situado enfrente de mi ventana. Él no sabe que es mi amigo e ignora que le espero cada año. Tampoco es consciente de que es una compañía agradable y portadora de contento.  Otro tanto ocurre con las golondrinas; las he visto pasar cerca de mi ventana. Me gusta contemplar su vuelo alegre y gracioso. ¡Cómo me agradan estas visitas! Me traen recuerdos de mi infancia.

Hace unos días, me dispuse a tomar el autobús para ir a visitar a un amigo que vive un poco alejado de mi domicilio. Era un día lluvioso y frío. Había dos señoras en la parada. Dudé en si llamar a un taxi o esperar. Pregunté a una de ellas  si sabía la hora de llegada del bus. Era esta una señora vestida con ropas caras y con cierto aspecto de altivez y poderío. Me respondió (lacónica ella) que no lo sabía. Decidí esperar un poco. Me alejé unos metros para encender un cigarrillo. Entonces, la otra señora me dirigió una agradable sonrisa y me dijo que el autobús llegaría en un par de minutos. Sin duda había escuchado la áspera respuesta de la primera. Me fijé en ella: se trataba de una mujer joven, de unos cuarenta años y con aspecto de madre de familia y trabajadora. Llevaba ropa barata, zapatillas deportivas y un bolso viejo y ajado. Ya en el autobús, que iba casi completo, tuve ocasión de cederle mi  asiento. Insistí en que lo ocupara. Y cuando llegué a mi destino, antes de apearme me acerqué a ella para decirle adiós. Capté bien su sonrisa de agradecimiento por ello. Pero el agradecido era yo, y la grata sensación que sentí por su actitud me acompañó a lo largo del día. Y aún ahora, mientras escribo, sigo percibiendo esa grata sensación.

Me senté en un banco situado al lado de un comercio de chinos. Llegó una señora y comenzó a mirar una especie de cubos de plástico, posiblemente adecuados para diversos usos, tal vez para macetas. Los miró y remiró durante varios minutos. Entró en la tienda y al poco tiempo salió acompañada de un chino. Comenzó a hablarle y a explicarle algo. El chino la escuchaba con cara inexpresiva, aunque yo tenía la impresión de que no la entendía. De repente, aprovechando que la señora hacía una pequeña pausa, exclamó: “Lo compla o no lo compla, jodel”. A punto estuve de soltar una carcajada.

Son estas pequeñas, casi inapreciables, vivencias las que mitigan la irritación y el malestar que  me producen la palabrería insulsa de trepas y mentirosos. Me satisface saber que las golondrinas volverán, y que  siempre encontrarás personas amables y cercanas que con su comportamiento te alegren el día. Y hay escenas en la vida real capaces de arrancarte una sonrisa, incluso una carcajada. ¡Qué razón tenía el sabio!

                                                 José Manuel Carrera Elvira

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