Si vas a Calatayud…

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Autor: Gaspar Sobrino

Es un lunes cualquiera de mitad de noviembre de 2009. Son las 10 de la mañana y no tengo nada todavía para la página del periódico que tengo que llenar a diario con cosas sobre Llanes. Llevo apenas un mes trabajando de vuelta en la zona después de casi una década fuera. No hay redacción. Estoy totalmente perdida… ¿Qué hago?

Por suerte, enseguida aprendí que no necesitaba oficina, que para eso estaba La Sirena. La zapatería de la plaza era parada obligatoria cada mañana. Allí, Guillermo tenía la prensa del día preparada y las noticias más frescas: si había un argayu en algún sitio del concejo (e incluso de las Peñamelleras, Ribadedeva o Cabrales) ya lo sabía él antes que nadie; si se estropeaba una maquinona de las que trabajaban en la dársena en aquellos días, ahí estaba Guillermo preparado para decirme: «Tira pal puertu, mi cría, que algo pasó». Además, siempre sabía a quién llamar y siempre tenía el teléfono que necesitabas (apuntado con su caligrafía exquisita) en una agenda que valía oro.

Algo relacionado con los bandos, Guillermo. Con el Camino de Santiago, Guillermo. Con la iglesia, Guillermo. Con historia local, Guillermo. Con cuestiones turísticas, Guillermo… Y así un largo etcétera.

En aquella oficina se juntaban a diario los mejores tertulianos de la villa y del Oriente asturiano, sin contar a los viajantes o veraneantes de toda España y parte del extranjero que, en algún momento, pasaban a saludar y a comprar las Victoria de cada temporada.

Guillermo sacaba fotos y, si me coincidían en el mismo día tres procesiones en distintos pueblos, siempre podía contar con que él me hiciese alguna. También me acompañó varias veces, como buen caleyeru que era, a cubrir este o aquel asunto, y allí donde fuéramos siempre conocía gente y siempre sabía a quién presentarte.

Lo que no mucha gente sabe es que Guillermo Sordo, el de La Sirena, además era malabarista. Subía las escalerinas de las estanterías de la zapatería con una agilidad maravillosa y las bajaba con cuatro o cinco cajas de zapatos en cada mano. Después, se estiraba en mitad del pasillo y avanzaba haciendo bailar con los brazos el cargamento al ritmo de «Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores…», entre otras muchas coplas populares con las que te podía deleitar cuando menos te lo esperabas.

Al margen de estos recuerdos, Guillermo es (hoy no me sale conjugar el pasado) el padre de mi mejor amiga y no estoy cerca para poder abrazarla ni a ella, ni a su hermano ni a su madre. Así que espero que estas palabras sirvan al menos de besu desde la distancia.

Seguiremos ampliando la colección de fotos de San Roques de todas las iglesias del mundo. ¡Prometido, Guillermo!

María Toraño Caso

1 Comentario

  1. Los buenos recuerdos quedan grabados a fuego en los corazones.
    Qué la tierra le sea leve.

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