La ‘caca’ de oro

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La captura

No sé si el título de este artículo os va a gustar, pero voy a intentar explicarlo esperando que sea de vuestro interés, ya que hablaremos de cetáceos, de las ballenas en general y de los cachalotes en particular, mamíferos marinos a los que históricamente nuestra Villa estuvo muy ligada, allá por los siglos XVI, XVII…

Para empezar a situarnos sepamos las etimologías de ciertas palabras qué vamos a emplear.

Cetáceo: Del griego “ketos”, quiere decir “monstruo marino” o “pez grande”.

Ballena: Del griego “balleín”, quiere decir “lanzar”, en alusión a su peculiar surtidor.

Cachalote: Del griego “katodón” (“kata” = base y “don” = diente), en alusión a la presencia de dientes en su mandíbula inferior, y que dentro de la familia de los cetáceos dentados, presenta de 17 a 29 pares de gruesos dientes cónicos y de gran tamaño, ya que en algunos machos adultos pueden alcanzar los 25 cm. de longitud y 1 kg. de peso.

La inmersión

 

El cachalote, como algunos mamíferos terrestres, posee cuatro estómagos bien diferenciados, y de los solamente vamos a hablar de dos de ellos, que son los que nos interesan en este comentario.

En el primero, nuestro protagonista almacena todos los alimentos que va capturando, siendo uno de ellos y el más exquisito, el energético calamar, los cuales se los traga enteros, vivitos y coleando, pudiendo ir a buscarlos hasta profundidades de 3.000 m.…. ¡Extraordinario!

Posteriormente los pasa a un segundo estómago, donde unos fortísimos ácidos los despiezan y reducen una pulpa alimenticia, ayudado por una verdadera y activa turba de gusanos denominados “nematodos”.

Nematodos: Del griego “nema” (hilo) y “eidés” (oído). Son gusanos redondos de vida libre o parasitaria, tanto de animales como de vegetales.

Tras estabilizarse en los otros dos estómagos, la masa alimenticia entran en los intestinos donde comienza el proceso de de asimilación y absorción de los nutrientes que van a hacer posible el desarrollo y la vida de este fantástico y colosal mamífero marino.

Enorme pieza de ‘el oro de las ballenas’.

 

Por ahora todo parece normal, pero es a partir de este momento cuando el organismo de este animal, comienza a “negociar” el alimento de una manera especial y que no se da en ninguna otra especie de mamíferos, ya sean marinos o terrestres.

Como ya hemos dicho, el cachaote se traga los calamares enteros y en su proceso digestivo se encuentra con los brillantes y quebradizos picos bucales de estos cefalópodos, que por su afilada dureza son imposibles de digerir. Se han llegado a encontrar hasta 18.000 de estos picos en el estómago de un cachalote muerto, por lo que para evitar males mayores, el sistema digestivo de estos cetáceos comienza a segregar una especie de bilis que los envuelve para así facilitar su avance por todo el recorrido intestinal.

La reacción química que se efectúa durante todo este notable proceso, y aunque todavía no se sabe exactamente su origen, va a producir la base para la formación de lo que posteriormente será el “ámbar gris”

Ámbar: del árabe “Al ambar” quiere decir “lo que flota en el mar”.

Ámbar gris o ‘vómito de ballena’, el desecho apestoso arrojado por el mamífero

 

No hay que confundirlo con el ámbar amarillo o succino (del latín “succinum”) que es una piedra preciosa, resultante de la fosilización de resinas vegetales proveniente principalmente de restos de coníferas.

En Asturias, el doctor Gaspar Casal y Julián (1680 – 1759), médico de la Santa Iglesia Catedral de Oviedo, descubre, prueba y examina con gran solicitud y con fines terapéuticos, el llamado, “succino asturiano”, y que reflejados en las “Memorias de Historia Natural y Médica del Principado de Asturias”, relaciona este material con el tratamiento y cura de la “pelagra o mal de la rosa”, también denominada en otros ambientes médicos como la “lepra asturiensis”

Pero como esto es otra cosa, volvamos a lo nuestro.

Expulsada del cuerpo del cachalote esa masa primigenia por vía natural (recto-anal), aparece con una textura esponjosa y ligera similar a la de la turba o la de la resina del cannabis, con un color entre gris y marrón, y un olor entre acre y almizcleño, de origen claramente animal y que definitivamente ataca la nariz con gran fuerza.

Pero no termina aquí su proceso, pues una vez expulsado y por ser más ligero que el agua de la Mar, puede pasarse flotando en ellas meses e inclusive años, donde lentamente se va oxidando hasta endurecerse y fragmentarse en diferentes pedazos dentro de los cuales incluso pueden llegar a verse los restos de los pedacitos de los picos de los calamares que contienen, dándoles unos curiosos colores veteados en las diferentes capas que presentan. Aunque normalmente estas masas flotantes no superan unos cientos de gramos, el bloque de mayor tamaño de ámbar gris registrado pesaba 4,5 kg y provenía de un cachalote cazado en 1912.

Este es el “ámbar gris”, que siendo uno de los productos más preciados que puede encontrarse en cualquier animal, un producto casi o más apreciado que el oro y los diamantes, y que alguien lo había comparado con la impureza que implantada en el seno de una ostra termina por ofrecer una perla, es nada más ni nada menos que… ¡Mierda de ballena!

Una antigua idea, fomentó la creencia que la membrana que contenía el ámbar gris estaba situada en la base del pene de las ballenas, deduciendo por lo tanto la errónea y chauvinista idea de que solo el cachalote macho eran los únicos que podían producir este elemento.

El elemento activo del ámbar gris es la “ambreina” (también denominado “ambrein”), colesterol graso y cristalino, de un olor peculiar dulce y terroso parecido al del alcohol isopropílico, que tiene entre sus cualidades la propiedad de fijar en su interior los aceites volátiles, inclusive los más finos, para luego ir desprendiéndolos poco a poco, mediante una evaporación lenta.

Esta cualidad es lo que hace que el ámbar gris, como material precioso, sea el ingrediente más caro y escaso de la perfumería haya conservado su valor lo largo del tiempo, y que siga siendo un elemento irremplazable en la elaboración de perfumes, aunque si bien es cierto que se han elaborado sustitutos sintéticos, los resultados obtenidos no llegan ni como mucho a los que da el elemento natural que, por su habilidad para absorber, intensificar y capturar las fragancias más volátiles, para ir posteriormente desprendiéndolas, intensificadas, a veces durante años. Es también conocido, dicho ámbar, por el sobrenombre de “oro flotante”.

Los antiguos chinos la llamaban “lung sien hiang”, (“Aroma del Dragón”), y lo utilizaban sobre todo para especiar el vino.

Los marineros, mucho más prosaicos y entendidos, lo utilizaban como laxante.

Todas las grandes empresas de perfumería francesas, como pueden ser “Chanel”, “Christian Dior”, “Givenchy” y hasta el mismísimo “Yves Saint-Laurent”, siguen elaborando sus exquisitos aromas partiendo de este componente tan misterioso y exótico, de forma, que si alguno de vosotros lleva puesto un perfume procedente de alguna de las mencionadas firmas, en el fondo, y aunque sea muy en el fondo, está despidiendo un ligero aroma a cachalote.

¡Vaya, o por lo menos eso creo yo!

Fernando Suárez Cué

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