Vacaciones tranquilas

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Vögel V

Siempre me ha gustado el mes de septiembre. Es tranquilo y agradable. Es cierto que no para todos es así, y más teniendo en cuenta que la mayoría de la gente acaba de regresar de las vacaciones del verano, lo que significa que llega más cansada y estresada que antes de iniciarlas. Esto es algo que he comprobado muchas veces y desde hace mucho tiempo.

Me encontré en Llanes, en agosto, con un viejo conocido y vecino de Oviedo. Parecía bastante disgustado. Me comentaba que había ido a pasar quince días a Llanes con la intención de ir a la playa y al monte. Lo tenía todo pensado y previsto, pero me decía que nada había podido realizar a gusto debido al gentío que había en todas partes, tanto en las tiendas como en los arenales, aparte de los consabidos problemas para encontrar un aparcamiento.

Pienso que lo mejor para disfrutar de unas vacaciones es no tener nada previsto, es decir, no ir con la intención de hacer algo por obligación. Es preferible no salirse de la rutina ni verse en la necesidad de mirar el reloj continuamente. Nada más relajante que levantarse por la mañana y, sin prisas, comenzar el día tomando un café en calma y paseando. Y después, lo que venga…, pero sin apresurarse. Yo he pasado este mes de agosto en Llanes y, a pesar de los inconvenientes citados, puedo decir que ha sido un placer. Nada tenía programado ni he modificado mis hábitos por el hecho de tratarse de un mes de vacaciones. Iba a la playa cuando me apetecía y a cualquier hora, sin prisa, y paseaba cuando sentía gana de hacerlo. Por la mañana caminaba por el paseo del parque de Posada Herrera para después sentarme a leer un rato protegido del sol bajo un tupido techo de hojas de plátano.

De vez en cuando levantaba la mirada para observar el paso de peregrinos hacia Santiago. Pude comprobar que algunos de ellos sentían necesidad de hablar y preguntaban por el próximo albergue o por la estación de tren o de autobuses. La mayoría eran extranjeros. Hablé con algunos de ellos y comprobé que disfrutaban contando las peripecias habidas en el viaje. Me llamó especialmente la atención un chico joven que vi un día por la mañana sentado en un banco del parque. Tenía un vendaje en un pie. Al día siguiente lo encontré de nuevo sentado en el mismo banco del día anterior. Tuve la impresión de que quería preguntarme algo o, sencillamente, charlar. Me dirigí a él interesándome por su pie herido. Era un chico alemán que hacía el Camino. Se había lesionado y acudía diariamente a curarse. Me dijo que ya estaba casi bien y emprendería la caminata al día siguiente. Me contó que era estudiante de Filosofía y se había decidido a hacer el Camino para “aislarse de todo por unos días y pensar en su futuro”. Son estos cortos momentos los que ayudan a hacer grato el día. Y no menos placentero es encontrarse con antiguos conocidos de la juventud y cambiar impresiones con ellos recordando épocas lejanas.

El municipio de Llanes, a pesar del gentío y las aglomeraciones propias de la temporada, tiene la ventaja de que en unos minutos y sin necesidad de coger el coche puedes desplazarte a cualquier pueblo de los alrededores y disfrutar de la naturaleza como en cualquier otra época del año. Por la tarde, cuando mis obligaciones familiares me lo permitían, visitaba cualquier bosque cercano o me desplazaba a Lledías, mi lugar favorito para disfrutar con los cinco sentidos de lo frondoso del enclave y caminar por sendas llenas de encanto.

Vögel IX

Es curioso comprobar cómo uno siente a veces fijación por un sitio concreto. Cuando estoy allí, en Lledías, tengo la impresión de que el cielo es más claro y luminoso que en cualquier otro lugar, y que el aire procedente de la montaña es más puro y refrescante. Aprovecho además para saludar y fotografiar a algunas de las aves que (me gusta creer que es así) me recuerdan de otros años.

Y así han sido mis vacaciones: sosegadas y disfrutando de pequeñas cosas. Y sobre todo, tranquilas.

José Manuel Carrera Elvira

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