El bufón

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Los espectaculares bufones de Llames de Pría. Foto de Valentin Orejas.

Se denomina “bufón” a una formación geológica propia de zonas costeras, que se trata, básicamente, de una chimenea natural abierta normalmente en un acantilado, que está comunicado con simas marinas. Cuando la mar está en pleamar, o en su “entrante”, el agua choca con fuerza contra los acantilados y sube a través de estas chimeneas, saliendo despedida hacia arriba por el hueco a modo de géiser, produciendo al mismo tiempo su característico sonido.

El término “bufon” deriva de “bufido”, ese extraño ruido que produce un animal cuando está enojado. Y es que el agua al salir parece soltar una especie de resoplido que se puede llegar a oír a varios kilómetros de distancia, por eso todavía cuenta una leyenda de la zona de Vidiago, que era el “Cuélebre”, esa gran serpiente con alas (figura legendaria de la “Mitología” asturiana”), que protege sus tesoros, y que era quien producía esos rugidos y “bufonazos” entre la neblina

Los bufones son el resultado de la erosión constante del agua de la mar sobre los relieves cársticos, especialmente sobre los acantilados marinos de caliza. El agua penetra por esas zonas de debilidad y va disolviendo la caliza, horadando el acantilado por su parte baja y formando cuevas marinas y pequeñas galerías, que pueden llegar a adentrarse hasta cerca de 100 metros en el interior. Esas conducciones, al alcanzar las dolinas, las captura y produce hundimientos, creando una auténtica red de conducciones subterráneas, por las que posteriormente no tiene ningún impedimento para introducirse en ellas.

Diaclasa. Fractura sin desplazamiento.

Cuando las olas, por el influjo de las mareas, rompen con fuerza en el acantilado, el agua, como ya hemos dicho, penetra a presión por los agujeros y se desplaza por estos canales y tuberías naturales, saliendo entonces por las chimeneas que ha abierto en el acantilado. De este modo, brota agua pulverizada que forma un surtidor, el cual puede llegar a medir entre 20 y 40 metros. Parece ser que al entrar el agua a presión y expulsar con violencia la columna de aire que está dentro de la chimenea, esta al salir, produce un efecto de succión que ayuda a que el agua salga con más fuerza.

Las cuevas, al estar a merced del mar, se llenan en momentos de pleamar y se vacían en momentos de bajamar. En esta situación no pasa nada, pero si se producen temporales marítimos, la presión que tiene que soportar una cueva llena de agua al recibir la fuerza de un oleaje que puede llegar a superar los 15 metros, es simplemente impresionante. La presión, por tanto, busca la salida más fácil, y en este caso, busca la salida hacia arriba a través de la grieta, saliendo el agua vaporizada con un fuerte estruendo que asemeja el soplido de una fiera y que es lo que da nombre a los «bufones».

Son típicas de la costa oriental asturiana, en donde las características geológicas son las adecuadas (materiales calizos del paleozoico (se extiende desde hace unos 570 millones de años hasta hace unos 230-245 millones de años), afectados por diaclasas (del griego “klasis”, rotura), que no es otra cosa que una fractura en las rocas que no va acompañada de deslizamiento de los bloques que determina, no siendo el desplazamiento más que una mínima separación transversal,  y fracturas perpendiculares al mar, destacando los de “Llames de Pría”, “Arenillas” y “Santiuste”.

Estas formaciones no se crean de manera solitaria, sino que forman generalmente campos con varios bufones, de diversa potencia cada uno, excepto el bufón de “Santa Clara” en nuestra corita costa, que creo tiene una sola chimenea y muy bien definida.

Bufón de ‘Santa Clara’

Me acuerdo cuando de “criu” iba con mi hermano y mis primos a tirar en los bufones aquellas antiguas latas de aceite de los coches. La Mar no presentaba la suficiente fuerza para hacer salir el agua por la “chimenea”, pero si la suficiente para expulsar el aire a presión, con lo que conseguíamos que la lata, caía haciendo ruido cuando bajaba la ola y volvía a subir con ese mismo ruido cuando la ola presionaba el aire y lo expulsaba hacia la boca del bufón. Y así duraba como el rítmico y eterno movimiento de la Mar, hasta que nos cansábamos de oír semejante sonatina, y marchábamos a hacer cualquier otra cosa… ¿Robar “panoyas”?…¿Por qué no?

En fin, sea como sea, entre todos ellos, fueron los bufones de “Arenillas” y el de “Santiuste” (o “Satiuste” como he oído pronunciar)), los declarados “Monumentos Naturales” por el Principado de Asturias el 5 de diciembre de 2001, dejando constancia de la singularidad paisajística de esta nuestra tierra que, por estos y otros espectáculos de la naturaleza, es única e irrepetible.

Fernando Suárez Cué

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