Los peregrinos del Mar Cantábrico: Etapa I

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El Camino de Santiago de la Costa es parejo en antigüedad con el Camino Francés, utilizado por los peregrinos procedentes de los puertos de la Europa Septentrional. Los caminantes desembarcaban en los muelles de las villas que poblaban la costa del mar Cantábrico para peregrinar a Santiago.

En esta serie, noos adentraremos por las tierras del norte de España, caminaremos paralelos a la costa de Asturias y por la costa e interior de Galicia, hasta la mismísima tumba de Santiago el Mayor en Compostela.

La etapa (I)

EL PUENTE (etapa Bustio a Llanes)

Me moría por volver al Camino. Buscando un lugar soñado, he encontrado un principio en la costa donde naufragar, y el final de la senda en la que poder dar gracias.

He trenzado mi cuerpo a una celosía de metal; una estructura fuerte con un corazón que late al compás del caminar de los romeros ligeros de equipaje.

Paso a paso se hace el camino, y en este punto concreto una imagen única y eterna se perfila en la retina, pero no una cualquiera, sino este puente de hierro que suelda las orillas cántabra y asturiana. Se baña esta porción de tierra que ahora mismo pisa el caminante con las aguas del río Deva.

¿Veis?: el armazón metálico es lanzado literalmente a la otra orilla, a un lugar llamado Bustio. Un hermoso enclave y punto de partida del camino de Santiago de la Costa por tierras asturianas.

¿Quieres caminar conmigo lector? ¿Sí? Pues cierra los ojos y conviértete en el espectador de mis pensamientos: imagina que el verano es eterno, que silban algunas gaviotas sin melancolía. Calladas se encuentran tres de esas aves peregrinas del mar, apoyadas en uno de los pies ciclópeos de nuestro puente, sí, ese que es testigo del desposorio cántabro astur. Sueña que los pies del sol caminan por el firmamento e inciden sobre la fachada de un palacete de 1925, de nombre Villa Delfina, en Bustio.

¡Virgen Santa! Se inclina el plano de nombre inclinado. La mochila de otro peregrino toca el azul del cielo y, de nuevo, el reluciente sol nos muestra el camino a la antesala de la villa indiana por antonomasia, concretamente a la capilla de Nuestra Señora del Carmen.

A paso firme nos encontramos frente a la iglesia de Santa María de Colombres; estructura rehabilitada en el s. XIX; en sus entrañas se encuentra mi cuerpo estático, respirando muy profundamente.

Cada paso es ceniza, transcurre un segundo y ya no existe. Sólo preguntan por ti las piedras añejas de bordes romos que integran el puente medieval del Campo sobre el río Cabra en La Franca. Traumática desolación el olvido sistemático de millones de peregrinos sin nombre.

Lugares como Buelna y la casona del Conde del Valle. La iglesia de Santa María. Pendueles, Vidiago. ¡Vamos! Sigue caminando, sé que estás cansado pero a la vez fortalecido. Puertas de Vidiago, los grabados neolíticos en el ídolo de Peña Tú, tan sublime el humano como su puñal. Escucha el silencio.

San Roque del Acebal y la Iglesia de San Roque. Una leprosería de nombre San Lázaro de Cañamal se ubicó en las inmediaciones y en ese lugar en plena Edad Media esto ocurría: «Se hicieron más livianas las pústulas y la incipiente destrucción del cuerpo en forma de llagas que se superponían hasta la aniquilación absoluta, que ya era un poco menos absoluta».

Un caballero Lazarista cuidaba a los leprosos; un hospitalero al peregrino. Ultreia les digo y ambos al mismo tiempo me responden, Suseia.

¡Qué precioso el puerto de Llanes!

Xavier Eguiguren

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