El cámbaru

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Cámbaru

Perteneciente a la familia de los crustáceos (del latín “crusta” = corteza), suelen estar cubiertos por un caparazón, más o menos grueso, como es el caso del “cangrejo de mar común” o “cangrejo verde europeo” (Carcinus maenas). Es este, una especie de cangrejo de litoral, nativa de la zona noreste del océano Atlántico y el mar Báltico. Esta especie normalmente presenta un caparazón, más blando que el resto de sus familiares, con una coloración verde oscura con unas manchas blanquecinas propias de las etapas juveniles y que se disipan al llegar a la madurez. El caparazón del “cangrejo de mar común” es más ancho que largo y su primer par de apéndices locomotores han evolucionado hasta adaptarse en forma de pinzas.

Para nosotros, este cangrejo es el “cámbaru”, el más pequeño de estos crustáceos, pues entre sus parientes más próximos, y aunque os parezca mentira, también son “cambaros”, la “andarica” (nécora), la “ñoca” (el buey de mar) y la centolla.

Su hábitat preferido son los deltas, las rías y la franja del nivel freático de las playas, donde durante el día permanecen enterrados en la arena o en las grietas de las rocas en las bajamares, siendo más activos al despuntar la “entrante” de las mareas, sobre todo las de la noche.

Cámbaru sobre la arena

Los machos llegan a medir hasta seis cm aproximadamente y llegan a vivir entre cuatro y cinco años, las hembras llegan a medir hasta cuatro cm, y son algo menos longevas que los machos.

Y ahora vamos a lo serio, porque lo que os he contado hasta este momento era para darme algo de postín y hacer algo de “bultu”.

Muchos “cámbaros” cogí de críu, y no tan críu, en la ría entre el puente y el muelle “Merlón” (la cabezona del Sablín), para comerlos cocidos en agua de Mar, o para darle sabor a un caldo que mi madre Teresina tenía intención de preparar.

Como muchas veces no tenias la paciencia necesaria para esperar a que entrara la marea, entonces la caza, se efectuaba hurgando en las cuevinas de las rocas que había debajo del “Campu´l Gatu”, o escondidos entre las muchísimas grietas que presentaban los bloques de piedra que componían la estructura de los muelles.

Otro sistema más emocionante y efectivo, era subir descalzo y despacín por el agua del curso del Carrocedo. El truco era, que cuando pisabas y mantenías unos instantes la pisada, si debajo del pie había un “cámbaru”, este al encontrarse presionado por el peso del “cazador”, intentaba “desarenarse” o desenterrarse, con el resultado de que se notaba en la planta del pie los cosquilla que nos hacía con las patinas al intentar salir. No hace falta que os cuente más, porque el desenlace de la historia es fácil de adivinar.

Ahora bien, el momento cumbre, era al atardecer y al despuntar la marea, que en cuanto la “entrante” empezaba a llenar la ria y llegar a los muelles, salían los cámbaros a “barullu”, y entonces con un “celabardu” y algo de habilidad, te hacías en muy poco tiempo con dos o tres docenas de unos hermosos y bien escogidos individuos.

Cámbaru desplazándose

Nuestro mayor logro, era cuando encontrábamos un “cámbaru”, que aparte de tener buen tamaño, presentara una coloración rojiza en su parte ventral, pues estos ejemplares resultaban tan exquisitos al paladar como la mejor de las andaricas, y mira que son ricas, pues nada, las igualaban o las superaban sin el menor esfuerzo.

Cuando los llevaba a casa para guisarlos, se los entregaba a mi madre o a “Telita” (Angelita Landeras), una incomparable mujer, que estuvo con nosotros 32 años, que se jubiló en casa, y que siendo para nosotros parte muy importante de la familia, tuvo el enorme éxito de que nunca la viéramos triste o enfadada.

Y ahora sigamos. Decía que los cámbaros llegaban a casa, y lo de siempre… ¿Quién los mata?, pues a todos les daba tal pena, que si les hubiera hecho caso nos hubiéramos alimentado exclusivamente a base de polientas.

Se abrían a la mitad, con un certero golpe de machete de mi siniestro brazo (digo siniestro porque como soy “zocato”, actúo con la izquierda), para a continuación entregarlos a la cocinera del momento, que los, añadía, con el jugo del sacrificio, a un sofrito de cebolla, ajo, pimiento verde y rojo, tomate, una puntína de guindilla y un chorrín de vino blanco, para darle “vidilla” al conjunto. Los elaboraba y condimentaba para terminar en unas riquísimas patatas, o un exquisito arroz. De cualquiera de las formas, era todo un homenaje.

Y, para terminar, y entrando ya en la “caza mayor”, os diré que la lastra de la Barra, o bajo las rocas de la “Tijerina”, o en la cueva de San Antón”, eran los cazaderos del buscado “cámbaru peludu”, una exquisitez pero que ya necesitaba de armas de caza (el mas solicitado era el “hierru” de la cocina), para su captura y poder sacarlo de las rocosas grietas donde se escondía.

Claro que había personajes, como “Jotina”, que no necesitaban ningún instrumental, pues doblaban el dedo índice de la mano, lo introducían dentro de la grieta y provocaban al “cambaru” para que este los mordiera, Una vez el animal mordía, el cazador con su dedo pulgar trincaba la pinza del “cámbaru”, e iba tirando de él poquitín a poquitín hasta que lo sacaba. Eso si no se desprendía la pinza, y era el único trofeo conseguido.

Pero esta cacería es otra historia, que queda para luego.

Fernando Suárez Cué

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