El Riveru

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Calma y tanquilidad a bajamar, en el Sablín, y la ria del Carrocedo (Circa 1925)

Hoy día, para algunos de nuestros hijos, y sobre todo para nuestros nietos, se les va a hacer muy difícil el poder imaginarse bien aquel puerto que conocimos, y comprender las horas de nuestra vida que le dedicamos, por muy bien y fidedignas que procuremos sean las explicaciones que les demos.

Es verdad que cuando llegan y pasean por el puerto de Llanes personas que no conocieron su forma anterior, quedan sorprendidas, porque es cierto que hoy día el puerto causa una cierta impresión por su trazado, sus amarres y al final, y como guinda, el puerto pesquero, con su tipismo, su colorido y sus vistas.

El Llanes que yo viví y disfruté todo lo que pude, era el Llanes del puente” hacia abajo”, aquel que me permitía tirarme al agua desde la hoja de la Compuerta, tener nuestras batallas de agua y remos debajo del Benavente a pleamar, o andar a cámbaros, quisquillas y gusana con la bajamar.

Bien es verdad que podía abandonar mis cuarteles de verano cuando había alguna fiesta, romería, verbena, y en su defecto algún “guateque” que lo mereciera, pero en cuanto desaparecia alguno de estos alicientes, o no provocaban en mi la suficiente curiosidad, me volvía a refugiar en el abandonado cuartel.

De la colección de ‘fotos en azul’. Vista desde las casa de ‘Santana’, de una bajamar en el Sablín y el Riveru, al comienzo de un a fria mañana invernal. (Circa. 1955)

Ese puerto tenía tres suelos, el limoso, el arcilloso y el arenoso, totalmente distintos los tres en conformación, color y densidad, pero que juntos y revueltos formaban el inconfundible fondo del “Riveru”, que empezaba muy oscuro bajo el puente, por los depósitos de limos y cantos rodados del Carrocedo, para ir aclarándose hasta pasada la Compuerta por el aporte de arenas producido por la entrante de la Mar, para terminar en “La Barra”, donde a bajamar las arenas formaban una playa deliciosa.

En todo ese recorrido, veíamos las arenas negras, perfecto hábitat para gusanas, hasta las ya más claras donde los cámbaros estaban en su ambiente, y los pozinos bajo la lastra donde campaban por sus respetos las quisquillas. Es más, en ciertos rincones de su recorrido, había zonas que daban lugar a verdaderas batidas de “caza mayor”. Porque mayores lo eran, yo diría que enormes. ¡“Chicu trabaju” tuvieron los “estiragomas”!, pues se cobraron algunas piezas como gatos.

Mucha leyenda negra tuvo el “Riveru”, donde se refería su insalubridad y mal olor. Es posible, pero sobre la primera, creo que su Ángel de la Guarda, en perfecto trabajo con el que protegía a cada uno de nosotros, tuvieron que hacer horas extras, porque si no, no se explica el que andando descalzos sobres sus arenas, entre latas oxidadas y botellas rotas, que las había, piedras afiladas como navajas y anzuelos abandonados, no hubiera más desgracias que las que le querían achacar. Si ocurría algo así, yo, y otros como yo, recordamos llegar a casa lesionados y, mercromina, “esparatrapu”, y a la calle de nuevo a gozarla.

Respecto al mal olor que según decían emanaba de él, yo no estoy demasiado de acuerdo con esa afirmación, pues olores ácidos, agrios o de fermentación, el “Riveru” nunca los tuvo, los tenia los tres juntos, dando como resultado ese “olorín” tan característico que producía, y que, en situaciones normales, nunca oí a nadie protestar de él, es más ¡Respira fuerte mi criu!, que esti aroma, ábrete los pulmones”, me decían cuando llegaba a la Villa.

Diferente era cuando a bajamar y con un sol de justicia, aumentaba sus emanaciones a cotas bastante más duras, pero creo que era normal.

¡Madre, el “Riveru” está “raviosu” !, como se acostumbraba a decir. Pero repito, es normal, ¿Quién no protestaría en esas condiciones, si te tienen 6 horas bajo ese solazo?

La antigua Rula a bajamar. Cuanta gusana y cámbaros sacariamos de debajo de ella…¡Y ratas!. Menudas cacerias de ratas con los ‘estiragomas’ (Circa 1975)

El olor aparecía motivado por elementos foráneos y extraños a él. El ocle que metía la Mar cuando se ponía torpona, la “hierba” que arrastraban las riadas desde el Melendro primero y el Carrocedo después, y que, debido a una serie de obras en sus muelles, la resaca ya no tenía fuerza ni tiempo para sacarlas a Mar abierta, y allí quedaban con el peligro de su posible descomposición.

Hasta aquí eran procesos más o menos naturales, con los que nos precedieron supieron convivir. El problema, creo que empezó cuando aparecieron los detergentes.

Esos si fueron brutalmente dañinos, pues fueran como fueran las condiciones de las aguas y arenas de la marisma del “Riveru”, había vida en anteriores tiempos, pero en cuanto se empezaron a verter los citados detergentes entre sus muelles… ¿Dónde está la gusana? ¿Qué pasó con los cámbaros?… ¿Y las quisquillas, las “xuglas”, los “xaragetos”, “lubinetas” y “mundiates”? No se quedaron ni las “mulatas” que se escondían entre las grietas de los muelles, y vaya usted a saber, igual desaparecieron porque además del ambiente venenoso al que los habían abocado, había cambiado también hasta el olor de su hábitat, ya no “golia” a “Riveru”, ahora era un olor nuevo, a química y a putrefacción, como se podía comprobar viendo el constante burbujeo de sus arenas, cuando el sol se cebaba en ellas.

En fin, cuando posteriormente entraron en juego los tan cacareados bio-detergentes, y parecía que la cosa se podía regenerar, ya era tarde, ya estaba en marcha el proyecto del nuevo puerto pesquero-deportivo, y su construcción le igualó toda su fisonomía y su cambiante lámina de agua, además de quitarle la voz.

Pues porque sí, el “Riveru” tenía voz, pero ahora ya no te habla, o a mí me cuesta mucho oírlo. Tiempo ha, cuando había quedado con Ángel Carrandi García (“Gelo”) y con Angelín Batalla, para salir a las 4 de la mañana en, el “Celesta”, la lancha de su tío José Antonio García Álvarez (“Tajuelo”), el “Riveru” me avisaba, pues desde la misma cama, lo oía gruñir y protestar con su ronca voz diciéndome. “No te levantes Fernandin que hoy no salís, que tenemos a la moza malencarada, torpe y protestona. No fallaba nunca, ni te engañaba jamás.

Ya no más “morronas”, “cabezonas”, “merlones”, ni “santiagos”, y la total desaparición de la playina más guapa, recoleta y pequeñina de entre las grandes, y que fue nuestra particular Escuela de Natación y Saltos. ¡El Sablín”!

Hasta la vista.

Fernando Suárez Cué

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