Llanes, puerto ballenero

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Lancha ballenera

La ballena se ha cazado como objeto de consumo por su aceite, huesos y carne durante siglos. La historia de la pesca de la ballena parece haber comenzado hace miles de años, posiblemente en el año 2200 a.C.

Para nosotros, esta pesca se realizó en un principio en las costas del mar Cantábrico. La especie que más se pescaba era la “ballena franca” o “ballena negra” (Eubalaena glacialis), ya que, además de ser la más lenta y confiada, tenía la ventaja de que una vez muerta, no se hundía como ocurría con otras especies. Pero fue su pesca intensiva por los balleneros vascos durante los siglos XIV y XV agravada por la aparición de las flotas holandesas, británicas y alemanas que comenzaron con esta actividad, cuando comenzó a desaparecer esta especie del Golfo de Vizcaya, y por ende en todo el Cantábrico.

El primer documento referente a la caza de ballenas del que existe constancia, es del año 670, e incluye el transporte por parte de labortanos vascos  (vasco-franceses habitantes de Labort y Baja Navarra), de diez toneles de “sain” , a la abadía de Jumieges (monasterio benedictino de Normandía), remontando el rio Sena

No es hasta entrado el siglo XVI, cuando debido esta escasez de ballenas que se acercan a los litorales de nuestras costas, se empiezan a fletar barcos más especializados, galeones, que las van a buscar más allá de la “cinta de la Mar”, comenzando así el período de caza de ballenas pelágicas, es decir, en alta mar, dirigiéndose hacia el Mar del Norte, posteriormente  hacia las aguas de Islandia, y más tarde a las costas norteamericanas, especialmente a las canadienses de Labrador y Terranova, para seguir dedicándose a esta actividad, en viajes que podían durar años.

Diferentes tipos de lanzas sangraderas
Arpón y aguzada lanza ‘sangradera’

Y ahora un paréntesis sobre una cosa que leí, no sé dónde, pero que me llamó la atención ¿Tenía algo que ver la sidra con la pesca de las ballenas?

Pues al parecer mucho, pues en aquellos largos, larguísimos viajes tras ellas, se necesitaba una bebida para el camino, y como el agua no era demasiado fiable, pues guardada en barriles, era fácil su descomposición, solo quedaba la sidra, que no era mala bebida, y encima por su alto contenido en vitaminas, prevenía el escorbuto… ¡Que cosas!

Pero sigamos:

El primer documento referido a la caza de la ballena en el norte de España procede del Cartulario de Santa María del Puerto de Santoña, del año 1190. El breve texto reza así: “Yo Durannio, prior de Najera… compadeciéndome de la penuria de los pobres clérigos de Puerto (de Santoña), restituyo las primicias del pescado a todos los clérigos, excepto las de la ballena, para que las posean para siempre con derecho hereditario”.

En muchos de estos documentos, ya aparecen mencionados la mayoría de los actuales puertos pesqueros asturianos en donde se practicó esta actividad. Así, en el Oriente de Asturias, aparecen los de Llanes, Ribadesella y Lastres.

Esta Ballena franca, se calcula que se estuvo cazando, como mínimo en la costa cantábrica, a lo largo de ocho siglos hasta llegar a su extinción, pues, aunque se reproducía en el Mar del Norte, y Océano Glacial Ártico, después emigraba hacia el Sur, dirigiéndose hacia la Península Ibérica y África para invernar. Era entonces cuando los duros y atrevidos balleneros del Norte las acosaban desde sus lanchas hasta darles muerte.

Y ahora, como una imaginaria aventura en el tiempo, coloquémonos en cualquiera de las diversas torres o “atalayas” que estaban situadas a lo largo de nuestra costa. La del Paseo de San Pedro, por ejemplo.

Desde allí, el que divisaba al cetáceo cerca de la costa, daba la voz de alarma, al parecer al grito de ¡Ballena, ballena!, y no como el famoso… ¡Por allí resopla!, de “Moby Dick​”, la famosa novela del escritor Herman Melville, difundida por el cine norteamericano.

A partir de ese momento, empezaba el frenesí de la caza. Zarpan las chalupas “balleneras” disponibles (nunca salía una sola), con ocho o diez componentes a bordo entre remeros, arponero y timonel, en una operación que tenía mucho de épico. Los remeros, bogando al “estrincón” (violento esfuerzo al unísono que realizan los remeros para bogar), con o sin ayuda de la vela, la aproan con firmeza hasta darle alcance.

Entonces, con el mayor sigilo, se pone a su costado para hundir en su cuerpo uno o más de los mortales arpones con el fin de alcanzar uno de sus órganos vitales, los pulmones.

Estos arpones, en su parte metálica iban unidos a una estacha de muchos metros de larga, con el objeto de no perder al animal, que en la mayoría de los casos huiría sumergiéndose, arrastrando velozmente a la lancha, que la seguiría en una alucinante carrera cabalgando sobre las olas

Había dos momentos muy peligrosos en el trascurso de esta operación. El primero, es cuando el cetáceo, al sentirse herido, inicie una violenta inmersión, que, si ocurre por el través de la chalupa, el violento tirón del cabo la puede hacer volcar de inmediato. El segundo momento de peligro, no es que la lancha se quede sin cabo y la sumerja de un tirón, ya que el arponero va preparado para cortarlo, en caso de necesidad, sino que es cuando la ballena salga a la superficie con velocidad y fuerza, lo haga por debajo de la lancha, en cuyo caso, el impacto puede hacerla astillas con el consiguiente peligro para sus tripulantes.

En ocasiones, el animal escapaba más o menos indemne, pero cuando no era así, procedían a atacarlo con grandes cuchillas de terrible nombre, las “lanzas sangraderas”, con lo que terminaban de rematarlo con rapidez, ya que, con ellas, largas y muy afiladas, atravesaban con facilidad la gruesa capa de piel y grasa y llegaban a alcanzar con cierta facilidad sus órganos vitales.

Conseguido esto, lo atoaban a las chalupas, y lo arrastraban hasta la costa, esta vez y al parecer, bogando más lentamente y a “palada larga”, hasta el lugar del varamiento, que bien podía ser una rasa de roca en rampa o una playa, como la nuestra de “Estacones”, la actual playa del Sablón.

Imaginaria vista de la playa de ‘Estacones’

Allí se comenzaba a trocear, separando primero la gruesa capa de grasa, que se fundía en calderos preparados para tal efecto en la misma playa para conseguir el cotizado “saín” (la grasa fluida), que se usaba en un principio, para el alumbrado, y más tarde para engrasar instrumentos de precisión.

Esta grasa, metida en barriles, era transportada por carros, desde la playa por la actual calle del Correo, hasta la calle Mon, para bajar por la calle Llagar hasta el muelle, donde se procedía al embarque, de la parte que hubiera sido vendida a otras localidades asturianas o foráneas y hubiera que transportarse por la Mar.

La carne, se llevaba hasta unos tinglados sitos en el barrio de La Moría, donde era preparada en salazón, para después ser vendida.

Pero aquí acaba este cierto romanticismo que le hemos dado, porque amigos, ¿Os podéis llegar a imaginar el dantesco espectáculo que ofrecería la playa de “Estacones”?… ¿El nauseabundo olor a amoniaco y ácido sulfhídrico que dominaría el ambiente, por la putrefacción de los pedazos de grasa, piel y carne que cubrirían parte de su arena enrojecida por la sangre vertida de tan majestuosos animales? Eso sin contar con el frenético movimiento de gaviotas, perros y ratas que aparecían a por las vísceras y despojos, resultantes de tan macabras operaciones.

Así era más o menos, como se operaba en Llanes con este tipo de capturas, y como entiendo que esto no es suficiente para todos aquellos que quieran ampliar con toda fidelidad y conocimiento este asunto, me limitaría a recomendarles el libro “Antiguos Mareantes de Llanes”, del doctor e investigador D. Antonio Celorio Méndez-Trelles, magnífica, y creo única e irrepetible obra, que se puede conseguir en la “Cofradía de Pescadores de Santa Ana de Llanes” (Principado de Asturias).

Así que… ¡Hasta la vista!

Fernando Suárez Cué

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