Coronavirus primaveral

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No es momento para lamentarse por algo que ya ha ocurrido: el coronavirus está entre nosotros. No ha llegado por sorpresa, pues tiempo llevaba avisando y circulando por los alrededores. Pero, como digo, no es hora de deplorar el mal sino de luchar contra él olvidando la desgracia consumada. Hoy he salido a la calle tras varios días en casa. Me impresionó ver la calle casi desierta, sin coches y en silencio: un silencio triste, funerario. La poca gente con la que me crucé en un trayecto de poco más de trecientos metros se alejaba a mi paso y al de cualquier otro desviándose al extremo de la acera. No había saludos ni conversación, solo alejamiento. ¡Impresionante!

Esta será la primera vez en muchos años que no disfrutaré de la estación que comienza. No podré (no podremos) caminar por los lugares de costumbre ni veremos la hermosa explosión de vida y color que nos brinda la primavera, ni veremos crecer los árboles ni observar los verdes multiplicarse. Ni siquiera sabemos cuándo nos estará permitido visitar el campo y el bosque, ni encontrarnos con la gente que acostumbra a hacerlo, ni percibir esos saludos con calma y en silencio, aunque con cómplice sonrisa, como hacen los visitantes de estos lugares para no romper la paz y belleza del entorno. Mientras redacto estas líneas evoco aquellos paseos por el bosque y me recreo fantaseando y soñando despierto; pero con la vuelta a la realidad siento ira e indignación al pensar en el engaño y la ocultación de la verdadera situación cuando escucho a un tal señor Simón decirnos una y otra vez que no había necesidad de tomar medidas, o a la imagen grabada en mi mente viendo a las “feminísimas” encabezadas por las “ministras” de turno en la manifestación de hace una semana, que reían, vociferaban y cantaban como si no pasara nada, para a las pocas horas declarar el estado de alarma y provocar el pánico en todo el país. No se tomaron medidas, señor “obediente”, no hay mascarillas ni equipos adecuados para el personal sanitario, los hospitales están a punto de colapsarse y los muertos pasan de dos mil. Y la manifestación nunca debió ser permitida ¿No han sido ustedes capaces de prever lo que se nos venía encima? ¿Es que nosotros somos diferentes a los italianos e inmunes a la enfermedad? Los refranes no pierden vigencia nunca, y muchos se me ocurren ahora mismo, mientras escribo. Sin embargo, veo más adecuada una cita de hace cerca de tres mil años (creo que es del griego Pítaco, aunque no estoy seguro y pido disculpas si me equivoco): “La mejor democracia es aquella donde no es posible a los malos gobernar y a los buenos no gobernar”.

José Manuel Carrera Elvira

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