Confinamiento y sábados peligrosos

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Acabo de asomarme a la ventana para contemplar la primavera. Me gusta saber que está ahí, aunque me vea obligado a disfrutarla desde el balcón. Permanezco un rato mirando cómo el sol matutino proyecta sus rayos sobre los tejados de enfrente de mi casa. Es entonces cuando veo a una mujer limpiando los cristales de una ventana. Parte de su cuerpo sobresale al exterior e intenta estirar sus brazos para abarcar toda la superficie del cristal. No quiero seguir mirando y me retiro al interior. Pasados unos minutos vuelvo a mirar. Respiro aliviado; ya no está allí. No ha pasado nada. ¿Por qué esto me lleva a pensar en los sábados? Hablaré de ello al final.

El confinamiento a que nos vemos sometidos nos está jugando malas pasadas y, sin duda, tendrá consecuencias en el futuro. He leído algunas opiniones de expertos que hablan del “antes” y el “después”, y de que esto cambiará los hábitos del futuro. ¿Pero es que no los ha cambiado ya? Yo pienso que no es necesario pensar en el después, ya que el “ahora” es suficientemente significativo y vemos cómo todo ha ido cambiando en estos largos días de confinamiento. Es tal el cambio experimentado en poco tiempo, que cuesta trabajo creer que hayamos asumido con total naturalidad ciertos detalles que hace unas semanas podían ser calificados de groseros. He podido comprobar cómo la gente del barrio se saluda a distancia, de acera a acera, nadie habla con nadie y todo el mundo se apresura a refugiarse entre las cuatro paredes de su casa. Hoy, cuando salí a comprar, vi a un antiguo conocido pasar con el carrito de la compra; también él me vio. Mi primera intención, dado que yo iba un tanto distraído, fue la de dirigirme a él para saludarle y estrechar su mano. Al instante me di cuenta del momento que vivimos y me limité, igual que él, a saludar con la mano y esbozar una tímida sonrisa. Es decir, que no es necesario esperar al futuro para comprobar el brusco cambio habido “ya” en nuestro comportamiento.

Ahora mismo pienso que es sábado, aunque no lo es. Desde siempre me ha parecido peligroso este día de la semana. Es cuando dejamos la rutina y nos dedicamos a hacer tonterías. Estamos acostumbrados a hacer algo y perdemos el control cuando no es así; no sabemos qué hacer con el tiempo y se nos ocurren ideas estúpidas y peligrosas. Es corriente ver este día a las mujeres subidas al borde de la ventana, y a los hombres barrer la terraza o el jardín, o dedicarse a reparar cualquier aparato o artefacto aunque no tengan idea de cómo se hace etc. Se aprecia claramente la celeridad con que realizan estas actividades: “como si les fuera la vida en ello”. También es el día más propicio a las enfermedades: es cuando aparecen dolencias que durante la semana no habíamos percibido. Y si examinamos las estadísticas, es el día en que se cometen más delitos y tienen lugar más casos de asesinatos y suicidios. Si hablo de este día en concreto es porque yo, desde el “encierro” no sé bien en qué día vivo, y la impresión que tengo es la de que todos son sábado. ¿Qué pasará si esto dura mucho tiempo?

José Manuel Carrera Elvira

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