Once cruces templarias (etapa de San Esteban de Leces a Villaviciosa)

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Las  primeras luces de la mañana inciden sobre unas  cabezas de animales con bocas de piedra. Los dientes de los canecillos se clavan desde el exterior de la iglesia de San Esteban de Leces a las puntas de las vigas que sobresalen, que se chutan como agujas en el aire. Un hombre porta un barril a la espalda; la estructura, más que esculpida, robada a punta de cincel de la roca y desde el s. XIII, adherida a un travieso travesaño. Románicos son los tres: la traviesa, el hombre y el barril. Los pecados con los que el penitente carga se encuentran dentro de la barrica, son atemporales: diez  maldades de ayer, diez de hoy y diez del mañana.

En el albergue huele a pan tostado, y con esa sensación de hogar comienza la tercera etapa de este camino de Santiago por la costa de Asturias. La distancia a cubrir va desde San Esteban de Leces a Villaviciosa.

Camina el peregrino con paso sosegado, oteando hacia un lado, hacia el otro lado. En Abéu un Palacio, el de Argüelles traído piedra a piedra desde Caravia.

Algunos tesoros nacen, crecen, viven y permanecen; otros mueren en la senda de la costa. En ese lugar os digo que la fortuna se presenta en forma de alma bondadosa sentada en una esquina de la habitación, con su cara difuminada. Aquella noche se le apareció su madre; hacia ocho años que se había marchado de este mundo. Esa noche oscura ella se acordó del camino de vuelta para reconfortar al peregrino, el de la vereda mordida por la sal y lamida por el agua del mar.

Sin avisar se le presentó aquel hermoso fantasma a ese desconocido, y desde entonces creyó. En un momento su ansiedad ya no importó. El frío apaciguó ese cosquilleo doloroso en el estómago. Tan sólo recuerda un beso de labios helados. No sabría decir cuanto duró la escena: fue tan breve y tan larga a la vez que el sueño entero parecía una secuencia rodada a cámara lenta.

El arte por el arte en el núcleo de Vega, pinturas de cien colores forman soportales pincelados. Una galería dibujada en la pared de una casa. En otra fachada una puerta de cuarterón esconde un caballo. ¡Dios! el conjunto que cubre paredes, puertas y ventanas es un regalo para los ojos.

Ya en Berbes, el caminante divisa un puente que jugando al escondite sortea el río de La Régula. El arroyo de Caravia repleto de gotas de felicidad en hilera y en continuo deambular. El agua murmura estas palabras: un dos tres zapatito inglés sin mover los pies, y sorprende al peregrino caminando. Las ventanas  del camino se abren con vistas al arenal de Morís.

Un remanso obsesivo que recuerda todos los pasos dados; aprendió a contar hace más de mil años, uno, dos, tres, hasta el infinito, es el arroyo de Los Romeros. La décimo primera cruz templaria pudo el cantero grabarla en la pared del alma que habita bajo la sombra que huele a Tejo; en el frío y enfermizo tacto de las campanas de aquel  monasterio románico que existió, de nombre ¿como no?, Santiago. Las cruces doloridas se quejan cuando se clavan en la tierra sobre los inertes cuerpos de los peregrinos que perecieron. Se escuchan los rezos que parecen zumbidos de cien mil abejas, ¿serán los templarios, que están de rodillas a espaldas del muro, justo aquí, donde se dice que hubo un hospital de peregrinos?

Playa de La Beciella. Los acantilados de peña Forada, arenales y más arenales, el de Moracey y el de La Espasa.

La Playa de la Espasa, paso a paso un recuerdo: el de Jovellanos s. XVIII, y su estancia en La Venta de La Espasa, construcción del s. XVI.

Hora tercia, el descanso llama a la puerta, siéntese sobre esa piedra hermano y deléitese con este cuadro pintado por el Señor.

En Colunga, aprovechando los cansados pasos que permiten el pausado deleite de los ojos; el de las puntas de los dedos, las uñas, las terminaciones nerviosas. El conjunto efímero de carne, se enreda acariciando la eterna pared frontal del palacio renacentista de Los Covián, s. XVI.

Pernús, concejo de Colunga, año de Nuestro Señor de 1090. La sed ha secado la piel del anciano penitente. Porta un bordón que más que pinchar el suelo, serpentea el camino; de él cuelga una calabaza de intestinos secos. El enjuto cuerpo del peregrino de sombrero de ala ancha, de penitencia y alma secas,  perecerá si no bebe agua en la Fuente de Llovéu.

Reposa la vista señor lector, en La Llera y su iglesia de San Antolín, reconstruida a finales del XVIII. Se hace el camino dolorido, susurra un melancólico respirar ancestral en San Salvador de Priesca , la iglesia prerrománica del siglo IX.

Priesca, el río Sebrayo, la Fuente de la Vega, la capilla de las Ánimas. Sebrayo, Carda y su iglesia de reloj mentiroso.

El ojo triangular de los pensamientos contempla al penitente de la calabaza; el del enjuto bordón e intestinos secos, su mirada fija sobre una cruz patada, una de las diez cruces templarias de  la Iglesia de Santa María de la Oliva en Villaviciosa.

Descansa peregrino. Mañana será otro día.

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