La pandemia y los estorninos

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Probablemente el título de este artículo resulte un tanto absurdo y el lector se pregunte, y con razón, qué relación existe entre el Coronavirus y los pájaros. Intentaré explicarlo a continuación:

Es indudable que la pandemia ha cambiado nuestros hábitos, incluso nuestra manera de pensar y nuestro comportamiento. A unos les afecta más que a otros, pero no creo que haya muchos que no echen en falta la grata sensación de una tertulia en el bar o una conversación cara a cara. Puede suponer un pequeño alivio el uso de  plataformas digitales para estar en contacto con familiares y amigos, pero ello no sustituye la necesidad del calor humano y de la proximidad con nuestros semejantes. A mí, personalmente, el Covid me ha dejado sin primavera y sin otoño, que siempre han sido mis estaciones preferidas para visitar los bosques y observar la vida silvestre. El confinamiento, el uso de mascarilla y la sensación de peligro que se percibe en la calle, en los comercios y en cualquier otro lugar hace que el día a día sea diferente al que siempre hemos conocido. Supongo que alguien pensará que soy exagerado al decir esto y que, a pesar de ciertas prohibiciones, bien podría haber disfrutado de mis estaciones favoritas. Pero, como digo al principio, las costumbres cambian cuando uno se siente amenazado por algo desconocido contra lo que no podemos hacer nada. Y si añadimos a esto el sinsabor y la rabia que produce ver el comportamiento y las mentiras del «personal» que nos gobierna y nos asusta cada día con sus disparatadas decisiones, la mezcla es como para deprimirse o morir de sufrimiento emocional. Me temo que algo parecido me ocurre a mí y, por lo que observo, a otros muchos. De todos modos, este es otro tema que no merece la pena tocar, pues todos lo sabemos, lo vemos y lo sufrimos diariamente.

Una vez dicho esto, me referiré a la relación que establezco, a mi manera, entre la pandemia y los pájaros:

Tengo por costumbre dar un paseo por la ciudad al atardecer. Ayer salí un poco antes de la hora habitual con objeto de contemplar los árboles del parque de San Francisco. La preocupación y la tristeza de la poca gente que transitaba por el centro de la ciudad era palpable. Nadie hablaba con nadie y la gente caminaba presurosa, supongo que a ninguna parte, pues todo estaba cerrado. Bien sé que contemplar los árboles de un parque no es lo mismo que hacerlo en el bosque, donde disfrutas del canto de los pájaros, del rumor del viento y de un expresivo y musical silencio, pero ya saben, a falta de pan… De repente vi acercarse a un pequeño grupo de pájaros sobrevolando la ciudad y en dirección al parque: eran los estorninos. Al principio se trataba de un grupo pequeño. Entonces pensé que, al igual que muchas especies de aves, esta también había mermado. Pero no, no era así; otro grupo mucho mayor llegó al poco tiempo, y acto seguido otro compuesto por miles de ejemplares. Fue un espectáculo verlos ascender, descender, alargarse y juntarse en perfecta sincronía. Y comprobé con alegría cómo la gente se paraba y tiraba fotos, reía y se afanaba en buscar la posición  adecuada para no perderse nada de la exhibición. Mira, papá, mira, decía un niño entusiasmado. Tira ahora la foto, mamá, decía otro. Durante unos minutos me pareció estar en otro mundo. ¡Disfruté viendo cómo la tristeza y la apatía de la gente se tornaba en alegría y entusiasmo mientras contemplaba el maravilloso espectáculo! Estoy seguro de que en esos minutos nadie pensaba en la pandemia ni en los políticos. ¡Cómo te añoro, mundo de ayer!

José Manuel Carrera Elvira

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