El país de las mentiras

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Con frecuencia me pregunto cómo somos capaces de soportar lo que estamos viviendo, y sufriendo, los españoles desde hace más de un año. Nos despertamos con la noticia de más de doscientos muertos cada día, con miles de infectados, con una tasa de paro que aumenta diariamente, estamos a la espera de una vacuna que nunca llega y con una economía por el suelo y sin atisbo de mejoría, etc. Y mientras esto sucede vemos cómo el debate entre los encargados de velar por el bien de los ciudadanos está centrado en quién debe ocupar el «sillón» (o mejor, los «sillones»). Menos mal que tenemos la suerte de haber nacido en este «gran país»… de pandereta.

Y de mentiras.

Somos el único país europeo en el que la mentira y el engaño no conlleva coste político. ¡Qué vergüenza! Poco importan ahora mismo a los ciudadanos las peleas y los insultos mutuos de estos señores; lo preocupante es la emergencia sanitaria y social que estamos viviendo y a lo que hay que dedicarse por entero. Ese es el deber y la función de todo político. Lo contrario es magnificar lo intrascendente y pasar de lo importante. Que intenten engañarnos a base de mentiras, promesas incumplidas y trucos retóricos ya no cuela ¿o alguien los cree todavía? Cuando la capacidad de asombro llega al límite, cuando ya nada es creíble es cuando comienza la comedia y provoca risa. Mucho he tardado yo en darme cuenta de esto, pero estoy convencido de que ante tanta mentira solo queda, a pesar de lo serio y trágico de la situación, tomárselo a risa. Antes, cuando escuchaba a estos miembros y «miembras» del Gobierno mentir día tras día sin sonrojarse, me indignaba y me enfurecía.

Eran, y son, tantas las mentiras y tan descaradas que necesitaría muchos folios para enumerarlas. Tampoco voy a analizar aquí la intencionalidad del mentiroso; eso lo dejo para quien me lea. Ahora ya, una vez saturada mi capacidad de soportar sus falacias, los escucho con atención y procuro no perderme ninguna de sus intervenciones. En vez de desesperarme, me río y, como si fuera un juego, me esfuerzo en averiguar quién es capaz de decir una mentira mayor que las anteriores. Antes, cuando hablaba el «Simón de las mentiras», apagaba la televisión para no enfurecerme, y otro tanto hacía cuando intervenían los miembros y «miembras» del Gobierno.

Ahora procuro no perderme nada y disfrutar de su discurso, aun a sabiendas de que son incapaces de articular un pensamiento sin recurrir a la mentira. Se lo aseguro, esta actitud ayuda a soportar este castigo. Y si ellos se ríen (mejor dicho, se mofan) de nosotros, hagámoslo nosotros de ellos. Es para llorar, pero he comprobado que es mejor reír. Créanme, es preferible y más llevadero vivir riendo que hacerlo llorando. Aunque «nos vaya en ello la vida» (Carmen dixit).

José Manuel Carrera Elvira

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