Galeones: Los entretenimientos a bordo

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Marineros jugando a las cartas (Antonio Medina Serrano)

Mucho se ha escrito y hablado sobre la marinería y su forma de vida en aquellos barcos que tripularon durante el siglo XVI y posteriores, donde la embarcación, dado el tiempo que pasaban navegando era su verdadera residencia, mejor o peor según el rango del barco, pero aun en el peor de los casos y aunque la vida en el barco era muy dura, si la comparamos con las penurias que en ese tiempo se pasaban en tierra, en el fondo los embarcados estaban relativamente satisfechos (cuando no eran el resultados de una leva), ya que por lo menos tenían una cama y comían dos veces al día.

Las horas y horas de trabajo se paliaban a bordo con cierto ocio a base de juego, algunas lecturas religiosas y sexo, que también había. Naufragios, incendios, epidemias, batallas y otros sustos diversos “entretenían” a los intrépidos marineros, buscavidas de la época, todo ello en medio de unas muy deficientes y lamentables condiciones higiénico-sanitarias, pero eso sí, algo mejores (por estar más controladas) que las que se ofrecían en tierra firme.

La gente de tierra adentro seguía viendo con desprecio poco disimulado a la gente de la Mar, a los que tachaban de personas sin moral, inclinados a cualquier tipo de excesos, y se les consideraba como seres inestables.

Ese juicio nacía del asombro y desprecio que originaba el comportamiento de los marineros, cuando llegaban a tierra después de meses, e inclusive años sin pisarla, y aunque pudieran escuchar las razones dadas, describiendo los peligros que la Mar podía provocar, y los vaivenes de la vida que en un barco iban desde momentos de gran tensión   tormentas, naufragios, enfermedades o ataques de piratas, a otros de calma (cambio de guardia, llamada a comidas o rezo de oraciones), entonces se preguntaban, por no entenderlo, por qué se alistaban en las flotas, sobre todo, conociendo las múltiples adversidades que podían surgir a lo largo de la travesía.

En sus viajes hacia las Indias occidentales, la vida en estos barcos, tras pasar las Canarias y empopados con los entablados alisios, quedaba mucho tiempo de travesía con una cierta calma, y el jugar, hablar y cantar, pescar y leer eran los grandes entretenimientos del marinero, no faltando tampoco la afición al hurto y la búsqueda de desahogo sexual.

El juego estaba prohibido, pero se jugaba más a las cartas de hecho, el alguacil el que las repartía y esperaba la propina del ganador), que a los dados.

Lo de hablar era más bien criticar (como en tierra y como ahora).

Leer, siempre un entretenimiento diurno, era una actividad en grupo, y como muchos no sabían, se solucionaba con alguno leyendo mientras el resto escuchaba. La mayoría de los libros eran religiosos, seguidos de los de caballerías y alguna que otra novela.

En la Carrera de Indias el autor más apreciado era el dominico fray Luis de Granada (el más leído durante los siglos XVI y XVII). La religiosidad era patente, ya que en casi todos los buques viajaba un capellán, encargado de velar por el consuelo espiritual de todas las personas que iban a bordo.

Todos los días se rezaban unas oraciones al amanecer, y una salve o letanías al atardecer, improvisando los días de fiesta un pequeño altar en el que se decía misa.

Ante el peligro, se multiplicaban los rezos pidiendo la intercesión de la Virgen o de San Telmo, santo español del siglo XII perteneciente a la orden dominica (esa es la razón por la que se representa a San Telmo en España vestido de dominico con una vela y/o un barco), al que se encomendaban los marineros españoles de la conquista de América

Hay que recordar, que “una falta en tierra era un delito a bordo”, por lo cual, pecado y delito era cualquier tipo de relación sexual.

La marinería no embarcaba ni con novias ni con esposas, así que lo que iba a bordo eran “mancebas” (amantes) o prostitutas.

La homosexualidad era “el pecado nefando” (abominable por ir contra la moral y la ética), por lo que el amancebamiento o la sodomía eran, como hemos dicho, pecado y delito. La condena era en un primer caso amonestación, multa e incluso abandono en tierra; en el reincidente segundo caso venía el tormento y cabía acabar en una hoguera.

Las mujeres de abordo resultaban cada vez más seductoras a la vista del personal según pasaba el tiempo, crecia la necesidad, así que, como los capitanes, oficiales y maestres, también sucumbían al encanto, el tema no era terminantemente reprimido.

¿Mujeres a bordo? Sí. Los marineros, que se las sabían todas, las embarcaban secretamente y luego las hacían aparecer, ataviadas como polizones, para terminar con el empleo de grumetes, siendo las mulatas las más apreciadas, por ser, en aquellos tiempos las sexualmente más liberadas.

También había algunas pasajeras, las casadas con algunos más poderosos que iban bien vigiladas por sus maridos, aunque ya se sabe lo que es la picaresca dirigida hacia el placer sexual, además de algunas viudas (que al parecer también tentaban lo suyo), y criadas, otras de las más apetecibles.

En estas largas travesías los hacinados marinos españoles tomaban como norma aquel aforismo que afirma «en tiempo de guerra, cualquier agujero es trinchera», arriesgándose a acabar en la hoguera por caer en el conocido como «vicio nefando», y es que la Armada española no veía con buenos ojos (al menos oficialmente) las prácticas sodomitas a bordo de sus bajeles, y…”los galeones españoles, por ejemplo, poseían un detallado código de marinería, que especificaba la parte de libertad sexual y fidelidad que se esperaba de todos los hombres que “pertenecían” a otros durante un viaje, siendo este código un intento de controlar los celos furiosos y mantener mejor el orden en la nave»

Caso aparte, eran los “mozos de camarote”, Los llamados «pajes», que eran los miembros más jóvenes de las tripulaciones, pues embarcaban con 8 o 9 años. Existían dos tipos de pajes; los que tenían algún parentesco con oficiales superiores y «los pajes de nao» que se alistaban huyendo de la orfandad o pobreza. Los primeros tenían la obligación de servir a sus amos y aprender el oficio cuanto antes para ascender en el escalafón y así poder desempeñar cargos de mayor responsabilidad, mientras que los segundos, “los pajes de nao”, no contaban con la protección de nadie, estando al servicio de todos, pero sin estadísticas, ya que con respecto a los tratos sodomitas había mucha ocultación de relaciones con pajes y grumetes, ya se sabe, la pederastia y el silencio.

Como es natural, a grandes males, grandes remedios, y fue un capitán, Iñigo de Lecoia, natural de Deva (Guipuzcoa), y posteriormente almirante el que tuvo la solución anti-pecado, de una simple manera, la de mantener a los  hombres y mujeres juntos, es decir, como ahora, pero con la idea de que como el recato hacía, que por no desnudarse delante de los de otro sexo no se lavaran, es fácil imaginarnos que el olor que desprendían los cuerpos hacía el resto. En fin, al parecer poco pecado-delito.

Buena Mar, y hasta la vista amigos.

Fernando Suárez Cué

 

 

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