De trabajos y futuros inciertos

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En 1835, el gran (y no siempre suficientemente recordado) Mariano José de Larra escribió aquello de los “modos de vivir que no dan de vivir”, los que también denominó “más bien pretextos de existencia que verdaderos oficios”.

En tiempos de vacas gordas esos son, más o menos, los también llamados trabajos de mierrrda. Pero llega una crisis en serio, llegan las vacas flacas, y vemos convertidos en “modos de vivir que no dan de vivir” empleos que normalmente darían más que de sobra.

Y no sólo eso, no sólo empleos –que siguen siendo empleos- por los que se paga mucho menos de lo que antes se pagaba, sin que disminuya la carga de trabajo. También vemos como empleos nada antiguos, nada decimonónicos, se convierten en trabajos para empleados fantasma. Es decir: las personas sobran que para eso están relucientes ingenios mecánicos y programas electrónicos.

Aquí llega, desde hace años está en marcha pero en los últimos tiempos –y con los avances tecnológicos yendo a más- avanza a pasos agigantados, la más terrible revolución industrial (que ya no se sabe si es la tercera, cuarta, quinta o sexta).

Hasta hace no tanto tiempo las máquinas sustituían a las personas en labores peligrosas. O en otras que necesitaban tal grado de detalle que ni las manos ni los ojos humanos podían llevarlas a cabo. Esto es: la tecnología ayudaba al ser humano.

La nueva revolución, sin embargo, es muy distinta: destruye. Básicamente los nuevos ingenios mecánicos o electrónicos están aquí para destruir puestos de trabajo sin más. Desde los cajeros automáticos que llevan con nosotros tanto tiempo que ya ni nos acordamos cuando vimos el primero hasta las tiendas que, ya son una realidad, no necesitan dependientes. Tras las tiendas llegarán los bares, no lo duden.

Ya no se trata de evitarnos trabajos pesados o peligrosos. Se trata de evitarnos cualquier, o casi cualquier, trabajo.

“Bueno, pero eso es en Japón y países así. Y solo en determinados lugares”… ahora: todo llegará, los avances siempre se van generalizando y asentando poco a poco, básicamente lo que tardan en presentarse a unos precios lo bastante competitivos como para darle la patada a la persona que nos sale mucho más cara que la máquina o que el programa informático.

Y el problema no es a futuro. El problema es ahora. Y no en Japón. En España, aquí. Cada día son menores las oportunidades de incorporación al mercado laboral. Y cada día son mayores las posibilidades de incorporarse a un empleo de los que decía Larra hace casi dos siglos.

Lo de la Renta Básica que puso sobre la mesa Podemos ya no les suena raro a casi nadie. Y ya no le parece tan descabellado a casi nadie.

Claro que para hacer posible una Renta Básica hará falta tener de dónde sacar ese dinero. Si las pensiones tienen cada día más negro el futuro ya me dirán una Renta Básica.

Por eso no estaría mal un impuesto social por cada máquina o programa informático cuyo uso signifique la eliminación de un puesto de trabajo. Es tal la cantidad de dinero que una máquina o programa informático ahorra a su, dígamoslo así para entendernos aunque no sea correcto, empleador –pensemos que no se pone enfermo, no toma vacaciones, trabaja 24 horas al día los 365 días del año, ni cobra ni pide aumentos ni hace huelgas, etc, etc- que hasta un impuesto alto le acabaría resultando barato a ese empleador.

Luego ya, si eso, otro día les digo como acabar con las guerras en el mundo.

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