De avances tecnológicos, dineros, ojos y riñones

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Hace unas semanas escribía aquí, en Diario del Oriente, acerca de cómo el ser humano parece poner especial énfasis en trabajar contra sí mismo.

Me refería entonces a las máquinas y programas especializados, bajo la sacrosanta bandera de hacernos la vida más fácil, precisamente en todo lo contrario: en hacérnosla más difícil al no dejar de crear dispositivos que nos dan la patada cada vez de mayor número de trabajos. En unas pocas décadas, y mucho más perceptible en los últimos tiempos con los rápidos avances en nanotecnología y computerización, por sólo apuntar dos campos de los muchos cuyo desarrollo nos han proporcionado tantos aspectos positivos (que continuamente se destacaban) como negativos (que siempre se procuraban ocultar). Podríamos convenir que la tradicional frase de “desarrollar la tecnología para evitar los trabajos más peligrosos” ha trocado en “desarrollar la tecnología para evitara los trabajadores más peligrosos”.

Cuanto menos trabajo para las personas, más dóciles serán los trabajadores que queden. Por simple lógica humana del “no moverme, no llamar la atención, para que no se fijen en mí”… claro que se pueden fijar en ti para un ascenso. Pero, seamos realistas: por cada persona en que se fijan para un ascenso, se fijan en otras 100 para despedirlas y cambiarlas por una máquina, un programa de ordenador… en definitiva automatizar –equivalente en lo más profundo de su significado a deshumanizar- ese trabajo.

Toda esta “chapa” sirvió para introducir otro de esos maravillosos avances tecnológicos que a poco que no nos demos cuenta… arruinan nuestra vida.

Desde que llegasen al uso masivo, a mediados del siglo XX en Estados Unidos y luego ya por el resto del planeta, las tarjetas de crédito se vendieron como una panacea para comprar sin tener que llevar dinero encima. Al final se convirtieron en la panacea para comprar sin llevar el conocimiento encima. Resulta muy fácil, tanto si se es de clase baja como de alta, perder el sentido sobre la realidad del gasto cuando se tira de tarjeta, procurando escondernos a nuestros ojos el dinero con el que en realidad contamos. Lo que ocurre es que, claro, los más pobres tenemos menos margen de maniobra que los ricos… y la campana decretando nuestro K.O. económico -a poco que no llevemos las cuentas bien- nos suena mucho más rápido.

Y ahora para seguir mejorando nuestras opciones de acabar en el arroyo mucho más rápido nos encontramos con que no hará falta ni llevar tarjeta. Con tener un ojo nos valdrá.

La verdad es que ya tardaba en llegar. Si desde hace años está disponible la tecnología para identificarnos mediante el iris del ojo ¿por qué no iba ser posible tener controlada nuestra disponibilidad financiera mediante el mismo procedimiento?

Pues sí, eso es lo próximo: que una maquinita fichando nuestro iris nos cobre el menú del día y lo que se tercie.

Hemos llegado hasta un punto de imbecilidad tecnológica tal que hemos acabado haciendo realidad la frase de que esto “me costó un ojo de la cara”.

Eso sí, hay que ser positivos: mientras no hagamos realidad la frase de “me costó un riñón”.

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