De mareas y marejadillas

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Cuidadín que ahora todos llevándose las manos a la cabeza con las declaraciones del Caso Marea.

Anda ya…

Si la sra. Renedo no hubiera cometido la terrible “equivocación” de andar metiendo dinero en cuentas de terceras personas sin cerciorarse antes bien, todo seguiría rulando a día de hoy.

¿Acaso no sabemos todos, o casi todos, de no pocos fraudes en la administración que sea? Lo de “hecha la ley, hecha la trampa” no es una frase surgida de las nubes etílicas de un borracho botellonero.

Para ejemplo algo tan simple, sencillo, tan de cada día… como los contratos menores. Un contrato es menor si no pasa de 50.000 euros en el caso de las obras y de 18.000 en el resto. La disculpa peregrina es que así se evita colapsar de papeleo las administraciones.

El problema viene cuando no nos basta con que la multitud de contratos menores que puede firmar una administración pasen “bajo el radar” y así –no todas, pero sí en no pocas ocasiones- poder concedérselo al que más nos apetece. El problema viene cuando queremos hacer lo mismo con otros de cuantías superiores.

¿Solución? Contratos fraccionados. Anda que no hay casos por ahí.

¿Van a juicio esos casos? Alguno, sólo alguno. Solamente cuando el perjudicado no es alguien al que le merece más la pena callar porque él es en otras ocasiones el favorecido.

A eso se le llama “red clientelar”. O “red de favores”.

Estaría bien hacer cursillos municipales sobre estas cosas y no tantos para aprender a navegar por internet… que, en la mayoría de los casos, podrían denominarse “como aprender a distraerte de la realidad para que no te enteres”.

Anda que no hay casos Marea por ahí perdidos. El problema no es tanto el saltarse la ley como el “vamos a ver cómo toreamos las normas”.

Otro ejemplo. Ya que antes mencioné a los botelloneros, hablemos del Cuetu donde, por cierto, les diré –aunque nadie escriba de ello- que ya ha habido, en sucesivos fines de semana, un par de enfrentamientos físicos entre vecinos y botellonistas-tronistas.

El primer sábado que la Policía Municipal fue obligada al “gran castigo” de pasar cuatro horas del sábado noche en el barrio, lo primero que hicieron fue multar –sin previo aviso- a todos los vehículos de residentes que, según los agentes de turno, estaban mal aparcados. Eso sí, mientras ellos multaban coches de residentes con su correspondiente tarjeta, a escasos metros a otro le volvían a reventar un retrovisor los botelloneros. Y mientras los agentes les explicaban a los vecinos que ellos sólo cumplían con su deber… por delante de ellos pasaban otros coches que, sin tarjeta de residentes a la vista, tienen prohibido el paso por el barrio.

Ahora, los sábados no hay un solo coche aparcado en todo el Cuetu Altu. Y los agentes, a los coches que sin tarjeta de residente siguen saltándose la prohibición de circular por el barrio, se limitan a pararlos y advertirles que no pueden pasar por ahí y que no lo vuelvan a hacer.

Pues muy bien. Pero a los que multaron el primer día nadie les avisó previamente de nada. Directamente se encontraron con la receta de 200 euros en el parabrisas.

¿Ven que fácil es torear las leyes o las normas? Cuando me apetece ir a cazar, cazo. Cuando no, advierto.

Cuántas mareas y qué pocu marineru…

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