Cuatro ejemplos de lucha en Llanes

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Premio Mujer del Concejo de Llanes 2017

Son el «reflejo de abuelas, madres y mujeres que nos allanaron el camino» en la lucha «hacia la igualdad plena». Y aunque aún queda «muchísimo» por hacer, las pasadas generaciones de mujeres siempre serán «un ejemplo» de esfuerzo para poder ver hoy todo lo que la sociedad femenina ha avanzado. Por su «trabajo, su entrega y su lucha», resumió la directora del centro cultural del Valle de San Jorge, Estrella Collado, el Ayuntamiento de Llanes entregó el Premio Mujer del Concejo 2017, que cumple dieciocho ediciones, y que reconoce la trayectoria vital de mujeres que son el patrón a seguir.

Con sus familias frente a ellas, emocionadas, y con los ojos llenos de brillo, Pilar Calero, Joaquina Rita Balmori Sampedro, Concepción del Valle Celorio y Marisol Collado Foyo recogieron una placa conmemorativa y un ramo de flores que reconoce su historia, de manos de cuatro miembros de la Corporación municipal, el alcalde, Enrique Riestra; el segundo teniente de alcalde, Juan Carlos Armas; la edil de Igualdad, Marisa Elviro; y la concejala de Servicios Sociales, Soledad Celorio.

«Llevo 25 años con (José Antonio) Anca y mira la que me armó ahora», decía Pilar Calero, refiriéndose a que el recuperador del patrimonio local fue quien la postuló para el galardón, «sin que yo me enterara de nada». «Estoy muy contenta, y muy nerviosa», decía al término del acto, «este premio sienta mejor que pasar la pasarela», apuntaba con un gesto risueño y una mirada limpia. «Todas las madres hemos trabajado mucho» desde que de bien pequeñas mujeres como Pilar tenían que «subir a un banco para llegar» a los fogones y hacer «las cosas de casa». Y las de fuera. Nunca «habrá hombres que nos lleguen a la suela de los zapatos» y que sean capaces de «hacerse cargo de tanto como nos tuvimos que hacer nosotras».  Ella nació en la localidad llanisca de Piedra, en el año 1937. Al poco de nacer su familia se trasladó a Llanes, donde reside actualmente. Fue autodidacta, porque apenas acudió uno o dos años a la escuela, y con tenacidad aprendió a escribir, leer y las cuatro reglas por su cuenta, «aprendí sola porque a la escuela nada de nada», recuerda. Era más importante, entones, «aportar dinero» a su familia. Así que, banco bajo sus pies, «comenzó lavando platos y cuberterías en un domicilio particular con tan solo doce años». De la misma manera y simultáneamente fregaba escaleras y limpiaba varios domicilios. Cuando secaba escaleras ponía hojas de periódicos en ellas, y aprovechaba a leer algunas noticias para intentar mejorar su lectura.

En tiempos de posguerra se dedicó al “charrangue”. Al anochecer un grupo de mujeres y hombres se dirigían a la estación de ferrocarril de Llanes; los hombres se colocaban en el tragaluz del túnel a la altura de Tieves, esquivando como podían a la Guardia Civil. En el momento en que el tren con vagones de carbón pasaba a su altura y reducía su velocidad, al ser un terreno en pendiente, los hombres se arrojaban desde el tragaluz y comenzaban a llenar unos sacos que llevaban enrollados en la cintura, arrojándolos posteriormente a la orilla de la vía, donde esperaban las mujeres para recoger la mercancía, que posteriormente vendían o utilizaban para calentar sus hogares.

Pilar trabajó también muchos años en el Hostal Peñablanca como planchadora y limpiadora. Actualmente, y desde hace más de 20 años, viene realizando una importante labor altruista, pues diariamente acude a la Residencia Faustino Sobrino para atender a los residentes, hacerles recados, acompañarles al ambulatorio, «darles de beber» y otras labores que se resumen en «cariño y sensibilidad hacia sus semejantes, y como ella dice, hasta que el cuerpo aguante» porque «todavía no puedo parar», señala riendo.

 

Joaquina Rita Balmori Sampedro, Quina, no paraba de agradecer «por todo» a cuantos se acercaban a darle besos, abrazos y felicitaciones. «Sólo el reconocimiento ya es un premio grandísimo», decía. «Estoy muy nerviosa, y muy emocionada, muy contenta,  y muy agradecida», narraba con los ojos enaguados después de hacer escuchado una parte de su vida, «no entera», durante el homenaje a su trayectoria. «Lo pasé así de aquella manera» y ahora recuerda aquellos tiempos «de la guerra, en las cuevas» y tantas otras anécdotas que la han forjado como mujer valiente y luchadora. Quina, La lecherina, nació en Los Callejos en 1930, donde vivió hasta hace pocos años. Hija de Manuel y Benedicta, era la tercera de 5 hermanos, y quedó huérfana de padre con tan solo 5 años, situación que los marcaría todos para siempre.

Al quedar su madre viuda tuvo que irse a vivir con unos tíos, compaginando las labores de casa con el trabajo en el campo y la recogida de leche por todas las casas del pueblo, para posteriormente bajarla en burro a La venta.

En 1955 se casó con Alberto Concha Morán, Tin, con el que tuvo 8 hijos. Para criar a esa gran familia, Tin trabajaba en la teyera y Quina cuidaba de los hijos, atendiendo las tareas de casa y encargándose también del ganado. Más tarde se hicieron cargo de El Chispún, el bar-tienda del pueblo, que regentaron durante 35 años.

Fueron tiempos de mucho trabajo y esfuerzo, y más teniendo en cuenta que en Los Callejos no había agua corriente por aquel entonces y había que lavar en el río y coger agua en la fuente para poder llevar unos calderos a casa.

Los hijos fueron creciendo y marchando de casa, varios de ellos a México, donde residen, y donde Quina tiene ya varios nietos y bisnietos.

El fallecimiento de Tin en 2011 fue un duro golpe para todos, pero ella sigue adelante con la compañía de los suyos y con la visita cada verano de los familiares que viven al otro lado del charco.

Concepción del Valle Celorio, Concha, no se esperaba este homenaje, aunque su figura es digna de tenerlo. «Viví la vida que me tocó», señala resignada, con la tranquilidad de poder echar la vista atrás siendo hoy una gran señora. «Trabajé mucho, como tantas», recuerda, «y llevamos muchos palos» que les empujaron a seguir. A «lo de fuera» se unía el trabajo de «lo de dentro» y por eso aprendió a valorar cada detalle. «La lavadora y la olla exprés son, para mí, lo mejor que tengo», apuntaba riendo, y recordando que, un día, «mira tú», pensó que aquella olla que servía para cocinar en «nada de tiempo» podría «explotar en la cocina».  Hoy, «tengo en casa todas las comodidades», nada que ver como cuando nació en La Moría de San Antonio, en la Parroquia de Nueva, en el año 1932, en el seno de una familia de trabajadores del campo. Sus padres José y Joaquina llevaban en arriendo la casería de los Condes de la Vega del Sella. Es la última de 5 hermanos.

Concha colabora en todos los trabajos familiares, y no tiene tiempo para acudir a la escuela. Recibe clases de maestros itinerantes, y más adelante acude a Nueva a clases de primeras letras y de punto. Siempre tuvo inquietud por la cultura, y a pesar del duro trabajo realizado con su familia, intenta sacar algo de tiempo para leer los libros que le dejan y las revistas que consigue.

En la adolescencia recibe un duro golpe con la muerte de su hermano mayor, el único varón, que fallece cumpliendo el servicio militar.

Al cumplir 23 años, Concha conoce en una feria de ganado en Nueva a un apuesto joven de Los Carriles, Manuel Vega Tarno, El Cubano. Tras un prudencial tiempo de noviazgo deciden casarse, el mismo día que se casaba también una hermana suya, con la idea de irse todos a vivir al País Vasco, algo que finalmente no podría ser, pues Concha debería quedarse al cuidado de varios familiares de su marido.

Concha se ocupa de los mayores de la casa, de los hijos que van naciendo y de las labores diarias. A pesar de tantos quehaceres, saca un hueco para realizar la corresponsalía de Los Carriles en el desaparecido y mítico semanario El Oriente de Asturias durante más de 16 años.

Tras la jubilación, Concha y su marido disfrutan de la vida como más les apetece, rodeados de su familia y amigos.

Marisol Collado Foyo, no es mucho «de estas ceremonias», pero se reconoce «contenta de recibir este homenaje» después de los avatares que tuvo que enfrentar a lo largo de su vida. «Muy muy orgullosa, y más si viene de tu Ayuntamiento» donde uno acaba sintiéndose «más querido». Con una jovialidad envidiable y unas ganas de «hacer» impropias de su edad, Marisol recogía su ramo de flores y su placa sonriendo, con la emoción contenida y con ganas de celebrar junto a los suyos «este día tan especial». Nunca ha parado de trabajar. «Ahora pinto y hago trajes de llanisca», dice orgullosa invitando a su casa a comprobar que lo que cuenta es cierto. «Me llaman la mujer trabajadora porque no puedo estar quieta» y con sus manos ha creado «no sé cuántos cuadros» de los que «35 están colgados en las paredes de mi casa» y «otros tantos» que ha ido regalando. A su amor por la pintura, se une la pasión por la costura, y buena cuenta de ello dan «los seis trajes de asturiana que tengo hechos, de los guapos, ¿eh?».

Cualquiera que le hubiera dicho que iba a poder coser por afición hace varias décadas hubiera sido tomado por loco. Marisol no lo tuvo fácil, igual que el resto de homenajeadas. Nació en la localidad llanisca de Ovio en 1937. Se dedicó a coser y arreglar ropa para los vecinos de Nueva y alrededores.

En 1964 se casó y se fue para Australia, donde ya vivía su marido, y se establecieron en Queanbeyan, donde compraron una casa. Allí, lo primero que hizo fue asistir a clases para aprender a leer y escribir en inglés.

Comenzó a trabajar en una empresa de limpieza, y lo compaginaba con otro trabajo en un hotel, donde preparaba desayunos y meriendas. Durante las horas que le quedaban libres se dedicaba a buscar trabajo, y consiguió entrar a trabajar en una casa de modas en Canberra como modista.

Posteriormente se trasladó a Sidney, donde trabajó en la casa de un embajador, donde su marido trabajaba como chófer.

En 1971, tras el nacimiento de su primera hija y estando embarazada de la segunda, regresaron todos a España, y abrieron un negocio de comestibles en Ribadesella. Ella atendía la tienda y su marido recorría con un camión los pueblos de los concejos de Llanes y Ribadesella para vender sus productos. En el año 2002 se jubila, y desde entonces dedica su tiempo en el Molín del Cazador de Nueva, donde reside.

Cuatro ejemplos

Todas llevan el trabajo en las venas, la vitalidad en su alma y la fuerza que dan los golpes sufridos en la mirada. Cuatro ejemplos, como habrá más, de que a lo largo de la vida uno se curte para observar de lejos, atónito, cómo ha sido de superar tantos bandazos. Ahora, las cuatro, se reconocen «felices» por haber hecho todo cuanto han logrado y por haber formado «las familias» que hoy han querido acompañarlas.

«Hay -apuntó al término del acto la edil Marisa Elviro- muchas historias de mujeres que han vivido toda la vida trabajando, fuera y dentro de casa, luchando, cuidando a familiares, y también a vecinos. Mujeres que no han parado» y que se han hecho a sí mismas. Ellas nos han traído hasta hoy. Pero el camino debe continuar. «Tenemos que cambiar muchas mentalidades todavía, queda mucho feminismo por implantar. Mucho mundo que cambiar. Un mundo donde no tengamos que venir vestidas de negro por las mujeres asesinadas. A ningún hombre lo matan por ser hombre. A una mujer, sí. Este es un homenaje a ellas. Y a todas las que tienen una historia de trabajo y lucha como la suya. Que han luchado por un mundo más justo e igualitario. Hoy no se celebra una fiesta, -concluyó la concejala- es la conmemoración de aquel día en que un grupo de mujeres murió quemado en una fábrica por reivindicar sus derechos».

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