Bajando por el valle de Caldueño

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Aunque no es tan impresionante como la carretera de subida al Mazucu por la Tornería, que ceñida a la montaña nos permite columbrar el mar y divisar buitres volando entre las nubes, la carretera que, dejando a la izquierda el pueblo a mayor altitud del concejo, baja a la Huera de Meré, siempre ha sido muy especial para mí.

Quizá porque se desliza suavemente por el Valle de San Juan de Cadueño, encajado en la Sierra del Cuera, comunicando los demás pueblos de esa parroquia: Caldueñín, Cortines, Debodes, Buda, Las Jareras y Villa. Tal vez porque parece trazada para acompañar a su río, tan suyo que se llama como el Valle: Caldueño, que tras nacer en L’Aguañaz (donde el agua nace), aparece y reaparece, emergiendo definitivamente en Cortines para seguir al descubierto hasta encontrarse con el río de las Cabras, y ya juntos, convertidos en el río Bedón, ir a parar a la Playa de San Antolín, como un turista más.

La última vez que tuvimos la suerte de recorrerla, disfrutando de las grandes dolinas, poljés y profundas simas del Valle y escuchando el mugido y el lloqueru de las vacas y el ladrido de los perros agrupando a las ovejas, a la altura de Caldueñín, salió del borde del camino un elegante faisán, que se limitó a acelerar su marcha al vernos.

Después, cerca de la desviación a Villa, se nos cruzó un rebaño de cabras de distintos colores. No nos pudimos resistir y bajamos del coche a contemplarlo. Ante nuestra parada, la pastora, que vestía ropa oscura de abrigo y un gorrito rojo y portaba un paraguas colgado a la espalda, un palo en la mano derecha y una revista en la izquierda, y que ya me había caído bien de lejos, se aproximó para preguntar si nos ocurría algo.

La acompañaba una perrina, que atendía por el nombre de Luna, de tres colores, cabeza refinada, hocico alargado y ojos almendrados, y en la que, sin ser de raza pura, sobresalían rasgos de los Shetland, excelentes perros pastores.

Mientras mi marido fotografiaba a las cabras que, al alcanzar el otro lado, comenzaron a dar graciosos saltos, casi a hacer piruetas, como si se sintieran felices en aquellos nuevos pastos; y Luna se acurrucaba a mis pies mostrándose cariñosa y receptiva a mis caricias, yo conversé unos pocos minutos con Carmen, que así se llama la cabrera de mirada franca. Me contó, entre otras cosas, que vivía en Villa, pero que era de Piedra, y que Luna era muy diligente guiando y controlando a las 61 cabras que forman el rebaño. También, me habló del lobo y de los quesos.

Me hubiera gustado que la cordial pastora me comentará de su oficio, que es más un estilo de vida, de su importancia para mantener vivos el paisaje y el entorno rural, de la dedicación y esfuerzo que requiere, pero no tuvimos tiempo.

Al subir al coche, miré hacia Villa, y al darme cuenta de que estaba enfocada al sur, recuerdo que pensé que no podría un pueblo tener mejor orientación en invierno.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

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