Llonín

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1993
Imagen, Valentín Orejas

Al escuchar el nombre de Llonín, además de su famoso gaitero, viene a la cabeza la Cueva con pinturas y grabados de bisontes, cabras, caballos, cuernos de renos y ciervos que, en el margen izquierdo del río Cares, descubrieron en el año 1957, aunque no se dio a conocer hasta la década de los 70, unos productores de quesos de Peñamellera que buscaban un lugar para curarlos.

Ese tesoro de arte rupestre del paleolítico reconocido como Patrimonio de la Humanidad, que cuenta con el mayor número de representaciones plásticas de Asturias, y que su delicado estado de conservación hace inviable su apertura al público, no es lo único que tiene Llonín.

Y de eso ya estaba convencida cuando un día nublado, pero luminoso de otoño, con los fresnos y alisos todavía verdes, los chopos y álamos comenzando a amarillear y los castaños y nogales anaranjado, subimos por una carretera serpenteante a ese pueblo del valle altu de Peñamellera que, recogido en una loma, da la espalda a las verticales laderas del sur de la Sierra del Cuera.

Nada más llegar, y con la repetida sensación de que la forma de vida de muchos de en estos lugares va languideciendo, tomamos una cuesta que nos llevó a un singular abrevadero para el ganado y a un cuidado lavadero comunal con varias pilas, que exhibe un simpático cartel en el que se recoge, entre otras normas, la prohibición de lavar ropa de enfermos, lana y escarpines.

Siguiendo hacia arriba, entre casonas robustas de extraordinaria cantería y bucólicos e inclinados tejados, pude contemplar “glorias de la mañana”, esas plantas que se enredan donde pueden, de hojas en forma de corazón, tallos caprichosos y flores solitarias y acampanadas color violeta que se despiertan con los primeros rayos de sol de otoño y se cierran al atardecer; y también a una mariposa de fondo negro, manchas blancas y bandas rojas, que volaba sin decidir donde posarse y sin importarle que ya era tiempo de estar hibernando.

Así, deteniéndome en asuntos pequeños, que es lo que más me gusta de los paseos, llegamos a la Iglesia, de origen medieval, notables proporciones y pintada de un suave tono rosado que le otorga serenidad y quietud. No apetecía moverse de aquel alto, sobre manera cuando se abrió, entre jirones, un claro en el cielo que iluminó todo el pueblo.

A la bajada, tras hablar con una agradable vecina que nos contó que hacía dos años habían recuperado la fiesta de San Sebastián, santo al que esta dedicada la Iglesia, reparé en unas bayas globosas rojo mate.

Al llegar a casa, me afané en saber cual era el arbusto que daba aquella suerte de cerezas, y averigüe que era el espino albar.

Y la información de que fueran los huesos de esos frutos encontrados en asentamientos humanos prehistóricos, indicando que formaban parte de la dieta de los hombres primitivos, me permite redondear estas líneas.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

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