Está en Camplengu

2
2215

Ocurrido en los años catapúm

Crecíamos en la paz del Limbo. Otros lo hacían en una paz hostil, vigilada e impuesta.

Un domingo, a mi prima la mayor la sacaron a bofetadas de la iglesia de la aldea, pues a una hija del mayordomo de un marqués no le agradaba rezar al lado de una chica cuyo pabre había sido un rojo.

Ellos, los rojos, habían perdido la guerra y con ella la dignidad, la Iglesia y hasta el derecho a rezar. Toda la “finca” había pasado a pertenecer, con la comprensión evangélica de los curas, a la exclusividad de los ganadores. De algunos ganadores que se sentían los únicos con derecho a administrarla y que consideraban a los demás como a intrusos impertinentes.

Era enorme la influencia, e incluso el poder, que habían llegado a tener en la aldea los hijos del criado de un aristócrata.

Sin querer relacionar lo anteriormente dicho –por desconocerlo- con lo acontecido una madrugada de abril del 39, cuando aporreando la puerta, entraron en tromba hasta el dormitorio con los pistolones desenfundados y amenazando: -Venga, venga, venga… ¡al camión! Quedando en casa esposa y cinco niñas llorando.

No volvieron a verlo más. Estaba en Camplengu.

Transcurría el año 1940 cuando alguien informó que Froilán Vélez había sido fusilado y que estaba enterrado en una fosa común en el cementerio de Camplengu, en Llanes.

De las macetas de la veranda, la prima S…, la tercera de las hermanas, recogió unas pocas flores y, pidiendo permiso a mis padres para que yo la acompañara, caminamos a campo-traviesa seis kilómetros remontando una loma desde la que se divisaba el furioso Cantábrico hacia la estación del tren en Pendueles. Desde allí costaba menos el billete, pues la de Colombres quedaba más alejada a Llanes aunque más cercana a la aldea. Los niños pequeños no pagaban y, para la viuda y las demás hijas, no alcanzaba el dinero.

Pendueles, Vidiago, San Roque, Llanes… Aquel tren se eternizaba entre estación y estación. Patinaba, traqueteaba… Pero ¡qué maravilla! Contemplaba yo asombrado como la vaca de Clarín aquel monstruo bufando. Era mi primer viaje, mi primer tren, y la primera vez que veía el mar.

Con la ayuda del enterrador encontramos la tumba. No había cruces, pero sí una montaña de ramos de flores depositados sobre un túmulo de tierra. Un numeroso grupo de personas, deudos de los fusilados aquellos días, gemían alrededor.

Mi prima, la hija del socialista asesinado, lloraba y rezaba en silencio, amargamente.

Al regreso en aquel tren -que ya había ido hasta Oviedo y regresaba hacia Santader con fatiga aparente- mientras mi prima permanecía silenciosa y triste, yo recordaba una de las historias que mi padre me contaba por las noches al calor de la lumbre; sin más luz que la que proporcionaban los tizones.

Parece ser que en Camplengu (camposanto con la peculariedad de tener una Iglesia dentro de su recinto) años atrás ejercía de cura un pariente lejano nuestro, que según mi padre era un anciano una pizca gruñón, pero de fina ironía como es muy común entre las gentes astures.

Tenía el cura un monaguillo que le ayudaba en los Oficios. Un chico juguetón e inquieto como rabo de lagartija.

Un día en un entierro, el chiquillo balanceaba el incensario con tal ahínco, que el cura tenía que interrumpir el “gorigori” para calmar los ímpetus del muchacho.

-Cuidau rapaz que vas romper el chisme.

El monaguillo se calmaba por poco tiempo y al rato recomenzaba con renovadas fuerzas. Hasta que… ¡zas!… lo que tenía que pasar pasó y el «botafumos» se hizo añicos al estrellarse contra una lápida cercana ante el asombro de los apenados familiares y demás acompañantes.

A lo que el cura se revela airado : -Ya te decía yo hijup… (palabra muy mal sonanate) q’ibaslu romper. Ahora inciensa con los… (otra palabra mal sonante que quiere decir gónadas).

Cierto o leyenda… ¿quién lo sabe?… ¿Y qué importa ? Ya decía mi abuelo aquello de:

Leyenda leyenda, mentirosa y bachillera;
portadora de nuevas, antiguas o modernas;
unas veces falsas, otras ciertas.
Habría que inventarte si no existieras.

La frase “ahora inciensa «, así recortada, se la seguía utilizando en la comarca como forma de reproche, en sustitución de la más vulgar y conocida «ahora jódete». Y también como expresión de contrariedad cuando algo nos salía con un resultado adverso al esperado.

Mi prima me pilló sonriendo. Recriminándome con ira:

-¿De qué te ríes, mamón?

Eladio Muñiz

2 Comentarios

Dejar respuesta