Estampas del pasado

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Leer es escuchar con las ventanas de la mente: Escucha.

A los que explícitamente aludo o implícitamente aludiera, si siguen vivos, les advierto de que aquí cuento la historia que llevo pegada a mi piel. De la que algunos dirán que es una solemne impostura; o un fingimiento con apariencia de verdad.  Por lo que animo a todos ellos a narrar la suya propia. Paralela, convergente o divergente. Poco importa. Pues también haría parte de la historia de nuestra aldea.

LA PEQUEÑA HISTORIA

Con el convencimiento de que somos muchos los que estamos al borde de la náusea de tanta elocuencia repugnante e hipócrita, y por el regusto que proporciona el regreso a las cosas simples y sencillas, he aquí una historia ingenua, pero real; sin más apetencias ni ambiciones que las de relatar los acontecimientos de la comarca donde crecí; en la que  encontré a mi retorno, sesenta años más tarde, que las gentes siguen  como las de entonces; sencillas ; sin complacerse en exhibir o alardear de blasones u otras luminarias.

Pero que, en otros numerosos aspectos, ni la madre que las ha hecho nacer,  sería capaz de reconocer. Porque en aquella comarca, de aquellas circunstancias ya poco existe. Tal vez solo la mínima reminiscencia de unos hechos que no se merecen ni un ápice de  nostalgia.

No obstante, y antes de que mi memoria  se diluya como las lágrimas lloradas bajo un aguacero, trataré de verter aquella pequeña historia en estos relatos aún sabiendo con certeza que acapararía más interés la lectura de otro tipo de narraciones; por ejemplo, el de cómo Orellana se las compuso en la exploración del Amazonas; o las vicisitudes y grandezas de Indurain en las rutas del tour de Francia. U otros menos románticos pero más rentables; como los que últimamente se han puesto de moda para justificar conductas abyectas; reinventando historias tribales, ondeando banderas en busca de identidades inexistentes; recurriendo a mitos históricos en el intento de conseguir metas disparatadas. Rechazando la evidencia de que el género humano en su totalidad, es una sola raza; así como la de que no hay bandera en el mundo que no esté manchada de sangre y de porquería.

Por todo ello, aunque quizás con sintaxis desvencijada y prosa torpe, abordaré estas humildes líneas, comenzando por donde tengo constancia de las primeras secuencias de mis recuerdos. Allá hacia finales de la última guerra civil.

EL REFUGIO

El primero lo guardo en algún recóndito lugar de mi memoria como una fotografía animada.

El refugio era una cueva en medio de una ciénaga, húmeda y mohosa con fango reblandecido como suelo; y en el  techo desigual había murciélagos colgados como jamoncillos.

Mi madre me tenía en su regazo.

A nuestro alrededor se movía agitado un anciano, menudo, con una boina descolorida ladeada sobre una oreja y una chaqueta de pana remendada en las coderas. El conjunto  de su nariz larga y fina, con  un bigote de pelos tiesos y canosos  semejaba una escoba de brezo, que a causa de varios tic se balanceaba como colgada  de su espesa y única  ceja. Le llamaban  «tíu Enrique».

En una silla destartalada reposaba una señora con una pierna rota entablillada con varitas de avellano, sujetas con tiras de tela de lo que quizás algún día habría sido una sábana.

Había allí más personas sentadas sobre unas concreciones calcáreas, teniendo como respaldo a rugosas columnas de estalactitas; pero no recuerdo el número ni tampoco otros detalles.

El tío Enrique, que era quién había descubierto el refugio un día lluvioso de primavera persiguiendo “el tasugu » que le destrozaba un maizal, entraba y salía nervioso agitando cada vez más su escobilla nasal. Cuando desde la claridad de la boca de la cueva se le oyó gritar: -¡Aquí no! ¡Aquí no por favor! ¡Hay civiles aquí…!

Un grupo de milicianos apareció en el hueco iluminado de  la entrada. Desarrapados, sucios, empapados de  “urbayu «, sobrecogedores. Uno de ellos logró balbucir… – Perdón camaradas; y salud; salud para todos; – .  Seguidamente se perdieron entre la maleza del tremedal.

Un ruido sordo zumbaba en el exterior.

-Deben de ser aeroplanos- le oí decir a mi madre.

En efecto; eran aeroplanos que se acercaban, pues pasados unos instantes, de entre el “rum – rum” de los motores se destacó un sonido de onomatopeya imposible… zzziiiu… trak trak trak. Tres estallidos tremendos, y gemidos de dolor. De muerte.

La generosidad de aquellos infelices por no arriesgar la vida de un puñado de campesinos, les condujo a ser destrozados por la metralla. Se había acabado para ellos la guerra.

Aquella atroz y maldita guerra en la que los terrenos se regaban con sangre de hermanos. La locura que impedía que se pudiesen labrar los campos. La locura por la que los jóvenes habían sido forzados a incorporarse a morir en los frentes, y por la que solo quedaban en la aldea ancianos, mujeres y niños famélicos.

Faltaba la fuerza vigorosa de brazos varoniles. Escaseaba todo.

Unos días más tarde, una vecina esposa de un republicano influyente de la aldea, recomendó a mi madre: – Deberías pasar por el economato popular, pues están repartiendo algunos alimentos y estos días le toca estar al frente de él a mi marido.

Llegada al economato, el vecino amigo estaba ausente. Despachaba en el mostrador un jovenzuelo de otro barrio  -escabullido de los frentes nadie sabía cómo-,  que luciendo un pistolón en la cadera, engreído y arrogante  le espetó muy henchido: – ¿Qué se te ha perdido por aquí, fascista?

-Mira Fulanito, ni soy fascista ni soy republicana. Soy madre. Y ni el niño que llevo a mi lado ni yo misma, te lo juro cretino, entendemos nada  de esta barbarie.

-¡Desaparece!- le conminó acariciando la culata de la pistola.

Pocos días más tarde «liberaron» la aldea los nacionales.

Era avanzado el verano de 1937 cerca de Colombres; en Asturias. Aquella “liberación” duraría casi cuarenta años.

5 Comentarios

  1. Desde que me enteré de tu dedicación a «recordar» lo pasado en Porquerizo, perdón Boquerizo, siempre estoy atento a tus relatos, aunque algunos me los contó mi madre
    Sigue así amigo

  2. Se hará lo que pueda y mientras pueda Maiche.
    Tus halagtos me hacen levitar. Pareces una de mis nietas.
    Eres un encanto.

  3. Extraordinariamente bien escrito y muy interesante. Espero con ilusión e impaciencia más relatos. Muchas gracias, Eladio.

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