Oviedo, paraíso del ruido

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Mucho se habla últimamente del cambio climático, de la contaminación y del deterioro medioambiental. Si escuchamos a nuestros “eficientes” políticos hablar de estos temas vemos que lo tienen muy en cuenta a la hora de “hablar” y de “prometer”, pero fácil es comprobar que poco o nada les importa. De nada sirve la palabrería si no se comienza a actuar ya. Y para eso es necesario empezar por lo sencillo, por lo que depende de nosotros. Me referiré aquí a lo que observamos todos en estos meses de fiestas. El lanzamiento de cohetes es algo que nos vemos obligados a soportar. Tengo la impresión de que son cada vez más potentes y su detonación puede oírse a varios kilómetros de distancia, lo que unido a las tracas supone un auténtico martirio par el oído. El sentido del oído es el más sensible de todos los sentidos, y la contaminación acústica causa enormes sobresaltos y perturbaciones en el ser humano, como también en la fauna y la flora que lo sufre. Muchas veces he visto cómo algunas personas se tapan los oídos al escuchar esos “cañonazos” y cómo las aves vuelan descarriadas de un lado a otro o en círculo sin saber qué dirección tomar. Comprendo que cambiar las costumbres puede resultar impopular, pero en este caso no se trata de popularidad ni de ideología, sino del bien general. Cuando hablo de fiestas, me refiero a todas, tanto en pueblos como en villas o ciudades, aunque en este caso concreto me remito a las de San Mateo en Oviedo.

Hace unos días salí de mi casa con la intención de visitar a unos amigos. Era un día caluroso y no me apetecía caminar, por lo que me dispuse a tomar el autobús. Comprobé que este se desviaba de la ruta habitual. Pregunté al conductor y me dijo que era debido a la celebración de un rally. La parada me dejó a cierta distancia de mi destino y decidí cruzar el parque de San Francisco con objeto de acortar distancia. Pero ¡sorpresa!, a lo largo de la calle había una cinta roja y un guardia cada pocos metros impidiendo el paso al otro lado de la calzada. Me vi obligado a realizar una vuelta considerable acompañado del ruido de los coches del rally que, aunque no pasaban a mucha velocidad, sí parecían disfrutar pisando el acelerador y contaminando el entorno. Cuanto más ruido mejor, parecían indicar. En el camino de vuelta pensé que sería más cómodo ir por la calle Uría que por el parque, ya que me dirigía a la Losa, donde me esperaba mi esposa. Soporté estoicamente el “rugido” de los vehículos y me sentí aliviado cuando me vi a la altura de las escaleras metálicas que conducen a la explanada de la Losa. Pero ¡ay!, otro guardia impedía el acceso a estas e informaba que había que subir por una escalera lateral situada más allá. En el recinto destinado a conciertos, al lado del parque infantil, estaban ensayando o probando instrumentos de percusión. El ruido era ensordecedor: por un lado los coches y por el otro los altavoces de los músicos. Eran muchos los padres que acudían con sus pequeños a jugar en el parque. Pues bien, al llegar a la altura del citado parque una valla metálica impedía el paso a la zona de juegos. El incesante ruido de coches del rally, que no cesaban de pasar, y el estruendo producido por los altavoces próximos hizo su efecto: el cabreo de la gente era patente y, a juzgar por los “bellos” calificativos que esta dedicaba a la clase política, que no me atrevo a repetir aquí, denotaba claramente los efectos perniciosos de la contaminación acústica. Me alejé deprisa de aquel “infierno” de ruidos con la impresión de haber estado en una ciudad desconocida y a merced del estruendo y el dislate.

Y que esto suceda con el beneplácito y la colaboración de quienes dicen preocuparse tanto por nuestra salud y bienestar es, además de pura hipocresía, vergonzoso e impresentable.

José Manuel Carrera Elvira

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