Las galeras de Llanes

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Carta del puerto de Llanes. Atlas de Pedro Texeira (1622)

Como muchos sabéis, sigo con gran interés el libro “Antiguos mareantes de Llanes”, de nuestro historiador D. Antonio Celorio Menendez-Trelles, como libro de cabecera, siendo por este motivo el que lo consulto muchas veces, tanto por entretenimiento, como para ir sacándole una buena y clara información.

Pues bien, sigo dándole vueltas a cuatro galeras armadas a son de Mar ofrecidas y entregadas al Monarca Felipe II, para incorporarlas a la “Grande y Felicísima Armada” (“Armada Invencible”), tripuladas por naturales pertenecientes a las abras de Nueva, Hontoria, Niembro, Barro, Celorio y Buelna, la Villa de Llanes y el propio Cabildo, y no me salen los números.

A la boga en las galeras. Siglo XVI

Pero, partiendo de la placa conmemorativa que tenemos en nuestro tradicional puerto pesquero, y cuya fotografía gentilmente me fue facilitada por Valentín Orejas, en la que habla de los 65 marineros embarcados en el mes de julio de 1588, no ya en cuatro galeras, sino en tres navíos, el “Santa Ana”, el “San Nicolas” el “San Telmo”, que junto a 119 barcos más, formaron parte de la “Grande y Felicísima Armada”, en su lucha contra Inglaterra, la cosa ya cambia y me parece más plausible. Pero, aun así, me queda la duda, si al nombrar “navíos”, no se referirían a “galeras”.

De ser así me imagino que estos marineros embarcarían como “buenas boyas” (italianismo procedente de la voz “bonavòglia” o “buonavòglia”), o sea como remeros bien voluntarios o bien reenganchados al servicio después de haber concluido su pena de galeras, y ahora recibiendo una paga por lo que antes era su condena, y aunque el oficio de” buena boya” no era considerado deshonroso en siglos anteriores, más bien todo lo contrario, con la llegada del “galeote” y del “esclavo al remo”, este trabajo se convirtió en uno de los peores y más viles posibles, ya que pocos eran los que se alistaban en los buques para remar junto a galeotes y esclavos, y aquellos que lo hicieron fue por pura necesidad vital.

En la “Grande y Felicísima Armada”, y bajo el mando de D. Álvaro de Bazán, la mayor parte de los remeros fueron “buenas boyas”.

Almirante de Castilla, D. Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz

También es posible, que algunos de ellos, los más impuestos en las artes de la Mar, se emplearan como:

“Calafate” y “calafatín”: Eran los encargados de mantener estanco el casco de la galera y del funcionamiento de las bombas de achique.

Maestre “daja” y “dajín”: Su misión era la reparación del casco, manteniéndolo en perfecto estado de navegación, y carpintería en general.

“Maestro de azuela”: Conforma, talla y prepara las piezas que formaban la estructura interior del casco, para sustituir las que estuvieran en mal estado.

“Botero” y “boterín”: Estaban dedicados a la construcción y reparación de la pipería, tanto para agua, vinagre, aceite o vino.

Buzo: Realizaba labores de inspección y reparación de la obra viva del casco.

Galera del siglo XVI

A estos habría que sumarles otras ocupaciones como carpinteros, aprendices, estibadores, transportadores de madera, aserradores y otros más, que simplificaban y ayudaban, en cierta medida las labores de los anteriormente citados.

Ahora bien, aunque nuestros marineros, fueran gente libre, la “vida en galeras” no era nada fácil, ya que los límites de espacio, la falta de higiene, los problemas sanitarios y alimenticios y los olores, no eran los idóneos, para presentarles una vida atractiva, aunque, por otra parte, era bastante mejor que la inhumana existencia de los galeotes, que según testimonios de la época la comparaban, en ocasiones, como un “infierno abreviado”

Por lo pronto, los galeotes, que no recibían salario alguno, iban encadenados al banco sujetos a un ramal por la “calceta” (grillete fijo al tobillo del pie más próximo a la banda en la cual bogaba), que les producían terribles llagas, mientras soportaban el frio y el calor, el sol y la lluvia, todo bajo la compañía de la “anguila” (látigo) del “cómitre” (el encargado de la boga), encontrándose la mayoría de las veces desnudos, aunque su vestimenta, obligatoria en la galeras del Rey, corriera por cuenta de la Corona.

Dibujo de la galera ‘San Telmo’ Del libro de anotaciones de Francisco-Felipe Olesa Muñido

mientras los hombres libres, aunque cobraban un paupérrimo salario, se les alimentaba algo mejor que a los galeotes para que pudieran seguir remando, por lo cual su vida tampoco era un “lecho de rosas”

El capitán dormía en su cámara hacia la popa era conocida como la “carroza” en la que había ciertas comodidades como algunas sillas, taburetes, una cama con sus sábanas e incluso almohada., como otros principales que también dormían en la popa de la nave.

La tripulación dormía al raso, en algún punto de la cubierta, donde extendían una especie de cochoneta, y se protegían del frío con una manta, pero el carecer de una cama no era lo peor, sino que a falta de las mínimas comodidades para conseguir descansar y conciliar el sueño, había que contar con los inesperados movimientos de la embarcación, y las picaduras de las abundantes chinches, pulgas y piojos, que campaban por sus respetos.

Mientras tanto, los galeotes (la “chusma”), dormían como podían encadenados a los bancos.

La higiene que practicaban era la llamada “higiene seca”, que consistía en darse friegas con un trapo (los principales lo hacían con un paño perfumado), ya que el agua se usaba para lavarse las manos y la boca antes de comer, operación esta que solo estaba al alcance de algunos, más bien pocos, de los embarcados.

Para sus necesidades biológicas, las galeras acostumbraban a llevar una letrina generalmente situada a proa, donde a la vista de todos podían hacer sus necesidades. En el caso de que estuviera ocupada cualquier rincón de la embarcación o cualquier lugar de su borda era bueno. Los forzados, las hacían en el mismo banco donde estaban encadenados, limpiándose la zona por baldeo cuando se creía menester.

No sé dónde leí, o quien me dijo, que a las galeras…” antes de verlas, las olías”.

La tripulación hacía tres comidas al día, basadas principalmente en el consumo de un pan denominado bizcocho, unas tortas de harina de trigo que se pasaban dos veces por el horno, lo que le daba mayor dureza para así resistir mejor el paso del tiempo. En “Las Siete Partidas” de Alfonso X el Sabio se define el bizcocho como…” pan muy liviano porque se cuece dos veces e dura más que otro e non se daña”

Esta palabra es una alteración del antiguo participio español “biscocho” (latín “bis coctus”, “cocido dos veces”), aplicado inicialmente al pan cocido de esta manera, pero con la salvedad de que, si no estaba bien elaborado o se tardaba demasiado en consumirlo, se podía encontrar en él cualquier tipo de gorgojo, aparte de ser un nidal de chinches, pulgas o arañas.

A este bizcocho, lo acompañaban unas escudillas de potajes por lo general hechos de garbanzos o habas, o bien un guiso de arroz.

La comida de los galeotes era más sencilla y monótona, consistiendo en, aparte del bizcocho, de un potaje de habas con aceite y un litro de agua.

Placa conmemorativa de los 65 merineros embarcados en la ‘Grande y Felicísima Armada’

Una parte muy importante de la dieta era la ración de un litro de vino por cabeza, y que la tripulación consideraba tan importante como la paga, y aunque esa cantidad hoy nos parezca algo elevada, hay que tener en cuenta que su consumo formaba parte de la cultura mediterránea, y que su escasez o ausencia podían provocar problemas graves.

No sé entre esta parte de la historia y la leyenda que siempre la rodea, que porcentaje de verdad contrastada hay, pero de lo que si estoy seguro es que las sensaciones de los llaniscos al ver zarpar esas tres naves, llegaría a niveles emocionales difíciles de describir, aunque sean leyenda. Por lo menos yo soy incapaz de hacerlo.

Buena Mar y hasta la vista.

Fernando Suárez Cué

Bibliografía:
Cátedra de Historia y Patrimonio Naval. Fondevila Silva
Revista de Historia Naval
Enciclopedia General del Mar
Antiguos Mareantes de Llanes. Antonio Celorio Méndez-Trelles

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